Ser francés

Entro en el bistro con el porte digno de los hijos de la revolución, me apoyo sobre la barra y me atuso los bigotes mientras intento no rascarme el cogote. Pido un pastis de aperitivo y me dan ganas de acompañarlo de un je suis désolé como un poeta romántico, pero el camarero no me va a entender pues abro mucho la boca al pronunciar. Hablo francés como si comiese un bocadillo de mortadela y hay que pronunciar con los labios sensualmente entreabiertos como quien chupa un espárrago. Como no me entiende utilizo esa máxima de: “si usted es extranjero y no le entienden, grite”. Hago todo lo posible por ser francés: Juego a las apuestas de caballos, bebo café solo, como la lechuga sin trocear durante los postres, he cambiado el cerdo por la vaca como animal favorito, miro a los ingleses con desprecio, saludo dando serios apretones de mano y, ante cualquier problema, tomo la Bastilla.

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Nuevas tecnologías

Desde que he llegado a los Alpes no ha parado de nevar. Las casas se comprimen entre los esponjosos colchones blancos de los tejados y el suelo, que crece por encima de las puertas. Si esto continúa así, para mediados de febrero, nos vamos a mover por túneles como en los aeropuertos.

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Una casa en la montaña

Mi casa de Chamonix es un regreso a la Edad de Piedra. Cuando enciendo la chimenea, el salón se llena del humo espeso que emanan las maderas secas. Cualquier cosa que cocino se cubre de ceniza y, afortunadamente, desde la sopa a la tartiflette acaban sabiendo a chuletillas al sarmiento. Mi tía dice que no tener chimenea es de pobres pero cada vez que me levanto a buscar un libro me lloran los ojos y estornudo. Aquí, por seguridad, hay que hacer la vida tumbado en el sofá.

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Mudanzas

Cerré la puerta y cargué el último viaje de cosas hasta el coche. Paré a despedirme en el bar del barrio y salí de Logroño con la sensación de no pertenecer a ningún lugar. Era un espléndido día de invierno con el cielo azul recortándose sobre la silueta de los Pirineos nevados. No estaba triste, tampoco excitado. Después de veinte años de vida nómada, una mudanza no significa nada. Es un día más: la rutina de meter todo en cajas, la certeza de olvidar algo realmente importante, la distancia entre un punto de partida y otro de destino, y el olor a amoniaco en los urinarios de las gasolineras.

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Nairobi. Vida entre los negros.

Parece lógico pensar que las aerolíneas comerciales transportan a los pasajeros junto a sus equipajes, pero esta máxima no se aplica en algunos destinos africanos. Tras aterrizar en el aeropuerto de Nairobi, más de cien personas improvisábamos una fila caótica y desconcertada frente a la caseta de equipajes perdidos. Allí un funcionario sonriente repartía formularios y, ante el enfado de algunos clientes, señalaba un cartel junto al mostrador que decía: “Viajar es un ejercicio estresante, por favor no lo proyecte en los empleados”. Y es que el turismo, lo escribió Guy Debord, es “esa droga popular tan repugnante como el deporte o comprar a crédito”.

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Arresto domiciliario

Durante el invierno Logroño parece una película de Berlanga sin humor. El único interés está en los bares y en una pequeña montaña de 2.271 metros de altitud llamada San Lorenzo. En los últimos tres días he subido cuatro veces a la cumbre. Por las tardes me encierro en casa y paso las horas en un angustioso arresto domiciliario. Ceno, lavo los platos, me siento a escribir, me voy a la cama. No tengo sueño, me levanto, “¿he fregado los platos?, Sí”; me siento a escribir. Es como pasar un delirium tremens intentando llevar una vida normal.

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Un jersey blanco

Durante el último mes he estado a punto de morir en un accidente de montaña, he viajado hasta una ciudad lejana para dejar a una mujer que no era mi novia, he estrellado el coche nuevo de mi antigua compañera y me he comprado un jersey. Borges decía que “los hechos memorables prescinden de frases memorables. Un hombre a punto de morir quiere acordarse de un grabado entrevisto en la infancia; los soldados que están por entrar en la batalla hablan del barro o del sargento”. El jersey es precioso, es entallado y largo, por debajo de la cintura.

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Expaña

El día de la huelga general había más de veinte cordadas en la cara sur de Montserrat, doce según fuentes del gobierno. En el restaurante de la Vinya Nova familias y grupos de amigos comían con opulencia en este fin de semana improvisado. Según un camarero del local, hoy había llamado más gente para reservar mesa que durante un festivo.

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El vino como arma defensiva

“Las palomas amputadas de Londres son como las palomas amputadas de todas las ciudades”.

Antonio Alfaro Sánchez.

En Londres la gente se despierta por la calle, a media mañana, cuando les deslumbran los focos de un escaparate. Los amaneceres son tan oscuros, el cielo es tan plano y gris, que puedes estar cruzando una calle a punto de ser atropellado por un autobús –sí, estos tipos conducen por el otro lado- y creer que continúas en un sueño. En Londres, durante el otoño, parece que se hubiesen olvidado de encender la luz.

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No lo volveré a hacer

Los cristianos, para reclamar la misericordia de Dios por sus pecados, tienen la penitencia. Los judíos, se acercan  al Muro de los Lamentos donde gimen por su mísero destino y por el regreso del mesías a organizar el disparate en el que viven. Los hedonistas, para hablar con Dios, regresar del más allá y recuperar la forma humana,  nos encomendamos a la resaca.

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