Cara norte de la Forcanada.

Hace más de una semana que llevo los mismos pantalones, me siento tan cómodo en ellos como una gaviota en un vertedero. Es en lo único que puedo pensar mientras la gente va llenando la sala, un ejercicio para espantar el nerviosismo previo a una charla, algo así como pensar en tu madre para retrasar la eyaculación. Se encienden las luces y veo una hilera de manchas de aceite que que se estirán en metástasis bajo el bolsillo derecho pero no me altera en absoluto.

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Casa

La vuelta a casa nunca es sorprendente. Buscaba un sitio pintoresco para dormir y a media noche me ha despertado la flota de camiones de basura de Cabezón de la Sal con Atila a la cabeza. Al parecer había confundido el mar con la autovía (no, esas luces no eran lanchas), los grandes cúmulos  con la sustancia que expulsan las fábricas de Torrelavega y unas naves ganaderas con el basurero. Ahora sé que esos tipos que conducen camiones llenos de desperdicios por la noche tienen sensibilidad por el paisaje. Había algo allí que calmaba el espíritu.

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Esperanza

Cuando después de unos días perdido en la altura de la montaña, regreso al valle y enchufando un aparato encuentro que los hombres han hecho cosas como estas, nace en mí un rayo de esperanza.

¡A la mierda!

Hielo Cantábrico

Es enero y según el calendario Zaragozano debe ser invierno. Pero en las laderas de los Alpes pastan las vacas, en los Pirineos esquiadores uniformados descienden breves líneas de nieve artificial, los escaladores se desesperan y no hay ni un parche de hielo en cientos de kilómetros a la redonda. En los Picos de Europa, ese reducto que no conquistaron ni los árabes, el hielo cubre enteramente las montañas.

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Año nuevo.

Hace apenas unos minutos que ha entrado el año nuevo. Los cohetes  estallan en el vecindario y pitan los mensajes en el teléfono móvil. Oímos la radio: “amigos pizarristas, tengan cuidado si nos escuchan mientras conducen sus utilitarios”, previenen por las ondas.  A las nueve y media hemos hablado con nuestro amigo K. Por una de esas empatías entre los hombres que cenan solos le hemos invitado a casa. No iba a salir, acababa de zamparse una lata de mejillones y media bolsa de patatas fritas.

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El fin

Queridos lectores,

Han sido ya varios años narrando aventuras en estas páginas digitales. La vida esta llena de sorpresas, el mundo es un lugar extravagante, esto ha sido lo que he querido transmitir tomándome a mí mismo como conejillo de indias. La aventura es un estado mental y el verdadero riesgo no está en lo físico -la muerte siempre llega sin avisar y acaba muy pronto- sino en avanzar a través de fronteras mentales. Para mí estas páginas han sido un ejercicio peligroso en el que he ido venciendo miedos para poder bosquejar que la estupidez puede ser tan épica como una batalla medieval.

Este formato acaba aquí. Todos los proyectos tienen su tiempo y el de esta aventura que intentaba dotar al alpinismo de una cierta sensibilidad de la mano de un protagonista torpe y desorientado ha acabado con el año. En un futuro renacerá la corriente con la que comenzó esta historia y con otros escenarios y otros protagonistas continuará desgranando la sensación de pérdida de un individuo en medio de un mundo demasiado complejo.

Gracias por vuestra paciencia, por vuestras carcajadas, por vuestros comentarios, por vuestros insultos y por la constancia de leer sobre sentimientos en un ambiente en el que priman los superhéroes y los tecnicismos. Gracias por hacer el alpinismo un poco más humano.

Un saludo y hasta pronto.

Simón Elías

Balance

Abro los ojos ligeramente enfadado, frustrado por haber perdido la benevolencia del sueño. Debe de ser tarde pues afuera ya hay luz. Una luz tenue, plomiza, luz de invierno borrascoso como los restos de un cenicero tras una noche de fiesta. Me tapo con las mantas e intento recuperar la placided onírica. He puesto la radio en la que suenan  composiciones orientales de François Picard que llenan la casa de voces fantasmagóricas. Es como si el momento vaporoso entre el sueño y la realidad, ese duelo que es despertar, estuviese habitado por seres que aullan detrás de las paredes.

Está nevando al otro lado de los cristales sucios. Nieva con intensidad y precisión. “Cada copo de nieve cae en su sitio” dijo un poeta curioso como Picard por la filosofía Zen. Yo, influenciado por otras oscuras filosofías no quiero sacar la cabeza de debajo de las sábanas y me afano en buscar otra vez la dulzura del sueño. No hay manera, las voces chinas pueblan la casa, la nieve cubre la calle sin coches. Bajo el calor del edredón de plumas recuerdo la llegada al aeropuerto, la sonrisa de mi amigo Tobías y su rostro circunspecto al ver el equipaje que debíamos adosar a la parte trasera de su Harley Davidson. Creo que en tantos años de alpinismo nunca había pasado tanto frío como en este recorrido en moto. Acojonado,  sorteando coches en la M30, chupando el tubo de escape de los autobuses mientras la imagen de los edificios de Madrid se difuminaba entre la nieve. Quizá debido al frío, al cansancio, al jet lag o a los tres botellines de cerveza, vomité en la planta sexta del Corte Inglés. En la sección de ropa de cama. Hacen esos lugares tan enrevesados, como una trampa para cangrejos en la que entras fácilmente pero donde es imposible salir, que no llegué al séptimo piso donde se esconden los lavabos. No alcancé las malditas escaleras mecánicas. Quizá estaban detrás de las cortinas junto a las que vomité mientras mi amigo me sujetaba la frente y me disculpaba diplomáticamente con los empleados. “Viene del Himalaya, es alpinista y le sienta muy mal bajar en altura. Le dan unas descompresiones tremendas”.

Continuamos el viaje en moto por la carretera de La Coruña. Ir a 120 en una Harley Davidson sorteando vehículos por una carretera de tres carriles es más peligroso que cualquier escalada. Me refugié detrás de la espalda de mi amigo y cerré los ojos. Me inclinaba a un lado u otro en las curvas con los dientes apretados, esperando el derrape sobre la calzada helada y un camión de la Central Lechera Asturiana pasándonos por encima. Cuando llegamos a la entrada del puerto de Navacerrada bajaban los coches con un palmo de nieve encima y  los conductores miraban con estupor a los dos estúpidos con chupas de cuero, cascos abiertos,  gafas de sol y bufandas, internándose en el ojo de la tormenta. Sorprendentemente conseguimos llegar al pueblo de Navacerrada indemnes. Los mofletes al borde de la congelación y la nariz fundida con la escarcha que cubría la cazadora de cuero de Tobías.

La rueda delantera derecha de la furgoneta estaba pinchada. El tornillo de la rueda de repuesto está soldado y pese a los continuos esfuerzos de dos tipos que agarran una herramienta como si fuese un ramo de flores, no hay manera de soltarla. Desmontamos el neumático desinflado, dejamos la furgoneta apoyada sobre el gato y buscamos un mecánico mientras la nevada arrecia sobre la sierra de Madrid. Mañana será Navidad pero no nos hemos dado cuenta. Vivimos ausentes de lo que pasa alrededor por eso nos comportamos como perfectos estúpidos sin dirección. A las dos horas estamos en marcha, cruzando las extensas llanuras burgalesas con la furgoneta, dejando dos rodadas solitarias sobre la calzada blanca. Llegamos a Logroño unos minutos antes del concierto. El local tiene techos bajos y está abarrotado de gente. Hay muchos rostros conocidos, rostros que te asaltan y te pasan una mano por el hombro, rostros reconocibles  y lejanos como los de una foto de graduación. Los Coronas llevan sombreros tejanos y camisas de vaqueros, los Arizona Baby tienen barbas luengas y el pelo largo coronado por chisteras. Llevan chalecos negros, camisas blancas y pantalones ajustados, parecen vendedores de crecepelo. Los Coronas tocan las guitarras eléctricas como si destrozasen cristalería fina. Revientan el espacio con sus guitarras tronadoras, el trompetista ucraniano marca el ritmo de un pasodoble, el público levanta los brazos. No tienen esa pinta de chicos malos de las bandas de rock, más bien parecen un grupo de desertores que en su exilio del centro de España se juntaron para tocar surf, rock and roll spanish style.

Se hace tarde y vuelvo a casa. Han remodelado la taberna de abajo, ya no están los mismos parroquianos mirando de reojo películas de vaqueros, ahora hay jóvenes tatuados bebiendo copas. Alguien me dice que la taberna salió en una revista. “La última taberna” es ahora un bar de moda, un lugar que acompaña el peinado y las cadenas que sujetan las carteras, atrás quedó el lúgubre cementerio de elefantes. Mi casa también ha sido reformada. Han arreglado la puerta, las pareces están pintadas y no hay papeles por el suelo, no hay restos de escupitajos y sí las trazas de una fregona. En el próximo viaje encontraré jardineras de mármol y espejos con marcos dorados. El barrio está en auge. Entro en casa y busco las larvas en el patio. Nada. No hay movimiento allá abajo, sólo un fluido oscuro, maloliente y sin vida. Las larvas no pueden vivir en un edificio con jardineras en la entrada.

Por fin consigo salir de la cama. Lo he conseguido después de leer cuarenta páginas de Desgracia de Coetzee. La historia es tan sobrecogedora que me espabila. El protagonista David Lurie ha perdido toda esperanza a sus cincuenta y dos años. Ha sido despedido de la universidad por acostarse con una alumna treinta años más joven, su hija ha sido violada y actúa como si no hubiese sucedido, a él le han robado el coche y le han prendido fuego. En su tranquila desesperación se dedica a colaborar en una clínica veterinaria donde su tarea es llevar al incinerador a los perros que matan químicamente. El exterminio se convierte en su último lazo con la sociedad. Deambulo por la casa costernado por la cruel claridad de Coetzee. Al norte están las montañas cubiertas de nieve. Esos templos magníficos de la diversión y el escapismo. Tengo un amigo que me pregunta continuamente por el primer paso. ¿Por qué se da ese primer paso? ¿Por qué alguien decide alejarse del vehículo y acercarse a una montaña donde sin duda todo será mucho más miserable? Después de veinte años todavía no he encontrado la respuesta. No lo sé, respondo siempre, quizá la respuesta no está en la montaña sino en la capacidad de contarlo. Quizá un escritor pueda explicarlo con mucho más detalle y claridad que un alpinista. Casi siempre las mejores respuestas vienen de la ficción.

Este año he visitado 13 países, he recorrido más de 105.000 kilómetros, he escalado una montaña de 6000 metros y he perdido a tres amigos en accidentes de escalada. He pasado una media de cinco días al mes en mi casa, 15 en alojamientos públicos, tres en casas de amigos y el resto dentro de un saco de dormir. Algunas noches he dormido acompañado y más me valdría haber pasado la noche al raso. Muchas noches al raso he deseado hasta las lágrimas poder dormir acompañado. He gastado más dinero en alcoholes fuertes que en carne o verdura. Me he enamorado y luego se me ha olvidado, como un neumático que se desinfla lentamente. He estado al borde de la muerte en dos ocasiones: una en la carretera, otra descendiendo una montaña. Aquel día no me tocaba a mí pero un par de semanas más tarde la muerte se llevó a mi compañero. He compartido cuerda, tragos y kilómetros con gente excepcional que han regresado a sus vidas, quedando esos momentos de acción bailando en el recuerdo. El balance es bueno, pienso mientras paseo por mi casa, estoy vivo. Una afirmación difícil de mantener en ciertos negocios.

Santiago de Chile

Víctor Jara fue un cantautor y director de teatro chileno muy comprometido con las causas sociales que murió asesinado por los soldados golpistas el 16 de septiembre de 1973. Cinco días tardaron los soldados en detener a Víctor en la Universidad Técnica del Estado -actual USACH- junto a otros profesores y alumnos después del golpe de estado que el 11 de septiembre expulsó del poder a Salvador Allende. Fue arrastrado hasta el Estadio Chile  -actualmente estadio Víctor Jara- donde le partieron esas manos virtuosas a culatazos de revolver. Esas manos que habían escrito y tocado versos:  œMe gustas cuando callas y estás como distante, y estás como quejándote, mariposa en arrullo, y me oyes desde lejos y mi voz no te alcanza, déjame que me calle con el silencio tuyo… Esas manos que habían defendido al pueblo, al labrador y al soldado se quebraron bajo el peso de un arma aquel otoño aciago, en un subterráneo, rodeadas de miedo y de sangre.

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Palermo (Buenos Aires)

Buenos Aires. Barrio Palermo Hollywood. 2.30 am.

En la conjunción de las calles Honduras con Fitz Roy hay un bar que se llama El Único. Está más allá de las vías del tren, moviéndote hacia el noroeste desde Palermo Soho y su perímetro de restaurantes y boutiques. Es una zona de casas bajas donde el buen gusto y la falta de medios han preservado algunos edificios coloniales de techos altos, gruesos muros y balconadas. Por la noche se llena de jóvenes bebiendo en las terrazas, buscando jaleo y parranda. Es miércoles pero en esta ciudad la diversión nunca para. Hay grupos de chicos y chicas caminando por las calles, la multitud es como un pulpo que se estira y se concentra  junto a la puerta de los locales de moda.

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Aeropuertos (Buenos Aires)

Minutos después de haber despegado, mientras el inmenso Airbus 340 traza círculos sobre la ciudad de Madrid para ganar altura, el capitán nos informa del recorrido -Sobrevolaremos África hasta Dakar, cruzaremos el océano Atlántico para entrar por Recife en el continente Sudamericano. Y costearemos hasta la desembocadura del río de la Plata para alcanzar la ciudad de Buenos Aires. La descripción geográfica del viaje es un estímulo para los pasajeros que observamos con avidez por las ventanillas cómo nos alejamos de las sierras nevadas de Guadarrama rumbo al cálido sur.

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