Campo Base

En mi pequeña ciudad hay una muralla que rodea el casco antiguo y agrupa los edificios en una colmena irregular en la que es difícil trazar una línea recta. Las calles son sinuosas y estrechas, las casas de piedra de sillería, los comercios pequeños, de los que te saludan por tu nombre al entrar.

Cerca de mi casa, al final de la calle Mayor y encima de la muralla, vive un pianista. Es un tipo solitario, con el cabello salpicado de canas y una atractiva pose melancólica. Camina por el barrio con la cabeza encogida como si estuviese atento para no pisar las rayas entre los baldosines o como si tuviese algo muy importante sobre lo que deliberar. A veces le veo en el bar de la plaza, sentado en un alto taburete como una araña estirada, leyendo el periódico desganado y comiendo un pincho de tortilla. La silueta solitaria del pianista del cabello cano y la pose melancólica, es el recuerdo con la que identifico la belleza amarga. Quizá por eso hoy me he levantando pensando en este hombre que ni siquiera conozco con el que me cruzo de ciento en viento por los recovecos del casco antiguo de mi ciudad. Aquí, en este campo base del Karakorum, impera una extraña belleza melancólica. Nubes bajas cubren los picos que rodean el inmenso valle glaciar, la lluvia cae intermitentemente y golpea sonoramente sobre el dobletecho de las tiendas. El repiqueteo del agua sobre las lonas produce una cierta amargura. Las puntas afiladas de los picos sobresaliendo entre las nubes, el río glaciar bajando estruendoso por la ladera, los continuos desprendimientos de roca y hielo, los graznidos de las chovas, el balido de una cabra despistada del rebaño en la ladera son señales que tiñen el paisaje de melancolía. Cuando anochece las nubes se disipan, es una rutina, es lo que llamamos “el claro de los gilipollas”. El cielo azul sobre el Masherbrum nos hace ponernos de nuevo en marcha. Comenzamos a empaquetar las mochilas para el día siguiente hasta que el repiqueteo del agua sobre el techo de las tiendas borra toda esperanza. No estamos tristes, tampoco contentos; el paisaje cubierto por el manto húmedo del monzón tiene una belleza dolorosa, nos conmueve y agrada en partes iguales. La visión del glaciar perdiéndose valle abajo entre las nubes no tiene nada que ver con los callejones sucios de una pequeña ciudad de provincias, pero entre los bloques de la morrena, entre las estelas del vuelo de las chovas, creo ver la silueta amarga del pianista: atractivo, gris y desconocido. Llevo un mes entre mujeres en estas montañas del Karakorum. Antes de ayer un leopardo de las nieves se comió una oveja no muy lejos del campo base, luego se comió un cordero a escasos metros de nuestras tiendas. Una de las chicas dijo haber escuchado ruidos a la noche, yo le respondí incrédulo con ironía. A la mañana siguiente encontramos el cuerpo de la oveja, casi intacto, con los cuartos traseros desgarrados, el alimento favorito de los leopardos de las nieves. Junto a estas cinco mujeres he ascendido tres cumbres vírgenes por encima de los cuatro mil metros en apenas tres semanas. Una ruta de 850 metros de escalada en roca, un 5600 de nieve y laderas desconocidas y para finalizar, nuestro objetivo principal, una aguja de hielo y roca de casi 6000 metros que nos llevó 19 horas de actividad. Antes de salir de casa tuvimos una reunión en un agradable restaurante. Discutimos pormenores del viaje, distribuimos las tareas y nos extendimos en la sobremesa divagando, entre licores, sobre la esencia del alpinismo. “Alpinismo es meterse una almendra en la boca, una almendra bañada en chocolate que no puedes chupar ni morder. Sólo la puedes dejar detrás de las muelas y apretar la mandíbula durantes horas y horas hasta que regresas de nuevo a la tienda. Luego durante un efímero segundo, la aprietas entre los dientes y disfrutas de su sabor. Largas horas de tensión para un segundo de placer.” La noche antes de salir hacia nuestro último objetivo, repasaba en la tienda nuestras posibilidades de cumbre, la solidez del equipo, la fortaleza y valentía de las cinco mujeres con las que iba a ascender al Campo 1 a la mañana siguiente. Estaba metido dentro del saco, con la nuca apoyada entre las manos y una ligera sonrisa en la boca que saboreaba el orgullo del trabajo bien hecho. Estaba embriagado de admiración hacia las deportistas que ahora luchaban por meterse en los sacos dentro del espacio mínimo de las tiendas, cuando unos gritos histéricos perturbaron mi plácida felicidad. -¡Aaaaaahhhh! ¡Una araaaaaña! Mas gritos y golpes de zapatilla amortiguados por las plumas de los sacos. Luego calma y la reflexión flotando en el aire de que las alpinistas, afortunadamente, por más que estén cargadas de valentía, no dejan de ser mujeres. La noche antes del comienzo del Ramadán no hay luna. Los cocineros y Hassan, nuestro porteador de altura, están nerviosos ante el ayuno de los próximos 28 días. Llega un periodo de abstinencia y recogimiento espiritual. Las chicas toman té en la tienda comedor llenando la soledad de estas montañas con gritos y risas. Apo Alí, el pastor de la zona que cuida el rebaño de 400 cabras y ovejas del pueblo de Hushé, ha venido traer yogur y asegura que le encanta ver a las mujeres tan contentas. Esta es otra de las diferencias entre una expedición masculina y una femenina. Las mujeres cantan, rien y gritan hasta agotar la paciencia de los animales de la zona. Son puro golgorio, alegría y decibelios. En un momento determinado las chicas se levantan de las sillas de loneta, salen a la morrena encima de las tiendas y comienza a quitarse la ropa. Nadie en la cocina lo ha percibido todavía. Patty, la fotógrafa, no para de disparar. La chicas insinuan su belleza tapadas por cuerdas, mosquetones, cascos… cruzan las piernas, se sueltan las trenzas para taparse los pechos y posan desnudas para la cámara con la última luz del día incendiando las laderas del Masherbrum. Está anocheciendo y comienza el Ramadán. En la tienda comedor ya se han percatado del espectáculo y porteadores y cocineros se asoman tímidos, achinando los ojos para poder distingir las formas femeninas en la distancia, veladas por la penumbra. Nunca habían tenido una entrada de Ramadán con cuatro mujeres desnudas recortándose contra el horizonte del Masherbrum. No hay luna que ilumine el cielo, comienzan 28 días de recogimiento espiritual. A las doce de la noche el cielo está estrellado y un fino hilo de luna marca el primer día de Ramadán. Desayunamos papillas de bebé y té caliente, no hay señal de nerviosismo en el ambiente y eso me gusta, a todos nos gusta. Salgo primero, aprieto las tuercas echando un grito al aire, marco el rítmo y veo como el grupúsculo de frontales que se arremolina junto a las tiendas se va extendiendo hasta formar una línea que se estira sobre el glaciar. Escalamos sobre nieve, luego roca descompuesta en la que la hilera de luces se mueve a derecha e izquierda buscando el mejor camino entre los bloques en equilibrio. La arista de nieve parece más larga en la oscuridad y ascendemos de medio lado, clavando todas las puntas de los crampones sobre la nieve helada, conteniendo el rítmo de la respiración con el pecho oprimido por la altura. Cuando amanece estamos metidos entre las nubes. Alguien pregunta por el tiempo pero azuzo a la cordada y dejo que la cuesta disipe las dudas. Salimos y entramos entre la niebla, la ladera es mantenida y la segunda cordada con Maialen a la cabeza nos sigue de cerca. Los últimos largos son más empinados. Utilizamos rígolas de hielo por las que progresar pero hay que cruzar de una a otra para poder avanzar. De vez en cuando desaparece el hielo y hay que excavar en la nieve hasta encontrar un lugar donde proteger una posible caída con un tornillo de hielo. Patty graba con la cámara de video entre las nubes, Ester filma desde el Campo 1 pero me certifica por la radio que no puede vernos. Comienza a nevar y repito por la emisora que volveré a contactar desde la cumbre. No hay ninguna duda de que lo vamos a conseguir. Hace un tiempo de mierda pero nadie duda. Cuando termino la pala de hielo clavando los piolets con fuerza sobre la parte más oscura de la rígola, monto a horcajadas sobre la afilada arista y lo que era el final del esfuerzo se torna en una desconcertante sensación de incertidumbre. Me rodean las nubes y sólo puedo ver algo de profundidad en el paisaje hacia abajo, en el vacío que forma el muro desplomado y descompuesto de la vertiente sur. Tengo dudas sobre cómo descenderemos de esta arista de nieve azucarosa pero dejo los malos pensamientos para más adelante y aseguro a mis compañeras en su camino a la cumbre. Nieva copiosamente cuando alcanzamos la pequeña estancia, no mayor que una mesa de té, en la que nos abrazamos con desgana, desplegamos la bandera del CSD y filmamos unos planos para el documental. El altímetro marca 5.860 metros. Estamos cansados y un poco asustados por encontrarnos en medio de una tormenta en una aguja tan afilada del Karakorum. Maialen lidera con energía la segunda cordada y rápidamente nos alcanzan. Estamos en el lado malo de la arista, no tengo muy claro cómo vamos a bajar. Maider me abraza y me pregunta si llegaremos al suelo. Yo le respondo con una sonrisa amarga intentando parecer seguro de mí mismo. Me dice casi susurrando que confia en mí. Hace 12 horas que apretamos esta almendra en la boca, nadie sabe cúanto tiempo más tendremos que aguantar. -Campo 1 ¿me recibes? Son las 11.25 de la mañana y estamos en la cumbre. Enseguida bajamos.

Spanish system

 
El pasado 3 de agosto las chicas del Equipo Nacional Femenino de Alpinismo pisaron su segunda cumbre virgen en menos de cuatro días como parte del proceso de aclimatación.

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Cómo escribir un post

Antes de comenzar a escribir hay que buscar la inspiración. Podemos basarnos en ejemplos de la historia como Baudelaire con su afición a la absenta o Marco Aurelio y sus desayunos de opio, pero aquí en Pakistán es mucho más práctico meterse en la tienda comedor cuando todos los hornillos de queroseno están funcionando. Te sientas alrededor de los fuegos y comienzas a charlar con los cocineros mientras fumas cigarrillos a un rítmo que pronto la estancia parece el interior de un motor de combustión y en unos minutos la cantidad de oxígeno en el aire es la que podrías encontrar a 9000 metros.

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Hushé

Pakistán nunca deja de sorprenderte o golpearte. Aquí los piés están tan en contacto con la tierra que cada acontecimiento, cada acción , cada latido del ritmo primigenio de la vida, recorre todo el cuerpo; a veces, con violencia.

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Karakorum Highway

Nuestro hotel está situado en la parte nueva de la ciudad, una extensión gigantesca de amplias avenidas con grupúsculos de edificaciones a uno y otro lado. Islamabad tiene una aburrida perfección soviética desde afuera pero al recorrer las manzanas de edificios a medio construir, con ventanas abiertas en midad de los muros a martillazos y los hierros de la próxima capa de hormigon despuntando desordenados hacia el exterior, se identifica ese fundamento improvisado de lo oriental. Pequeñas señales de que la vida es aquí una cosa fugaz y momentanea.

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Aeropuertos

En la calle Pío XII de Madrid hay media docena de embajadas pero por más que conducimos arriba y abajo con el taxi, no hay manera de encontrar la de Pakistán. Hay varias de países africanos con sus banderas ondeando en lo alto de las puertas franqueadas por imponentes agentes de seguridad.

 

Hay un gran supermercado, un colegio inglés y una guardería pero la bandera verde y blanca con la luna creciente y una estrella no señala ningún edificio. El taxista no parece tener muy clara la ubicación exacta de la Embajada de Pakistán como tampoco parece poder situar con una ligera aproximación a este país remoto e ignorado si no es por sus desgracias en el planisferio. Se detiene frente a la Embajada de la India y me dice que me baje: -pregunta ahí, estos seguro que saben. El taxista definitivamente tampoco parece tener muy clara la situación política de Pakistán, en guerra continua desde hace varias décadas con sus vecinos indios. Es más fácil caminar y buscar la puerta a pie que intentar informar al taxista de que Pakistán no es una ex-república soviética. Hace un sol abrasador y me protejo bajo la sombra de un alero. Madrid me intimida, es como una jungla gigantesca poblada por temibles y gigantescos depredadores. La gente que entra y sale de las tiendas tampoco me hace ninguna gracia, nuestra opulencia me mosquea en un genuino acto de hipocresia y me hace recordar las blasfemas manifestaciones de solidaridad de mi amigo Montero. Protegida de la vista por el follaje de los árboles encuentro una puerta sin bandera, tiene una pequeña placa que la identifica como la entrada de la Embajada de Pakistán, sin embargo está cerrada. Compruebo el horario en mi reloj: 9:32 am. y recorro la tapia hasta que en una calle lateral doy con la puerta metálica de un garaje, en ella se abre otra puerta más pequeña que empujo tímidamente. Da a un patio interior sembrado de colillas donde se amontonan utensilios de limpieza. Mientras reflexiono sobre la conveniencia de entrar a hurtadillas en la embajada de uno de los países más violentos del mundo, dos pakistanís ascienden por unas escaleras, salen al patio y me saludan al pasar agachándose con esfuerzo para atrevesar esta entrada de madriguera. Al bajar las escaleras me doy de bruces con una fila de hombres con kmish chaluar, morenos y con negras matas de pelo creciendo como llamaradas petrolíferas en sus cabezas. Observo las paredes desnudas de la estancia, el único cuadro de un dibujo en carbonilla de un esquiador y el estrado en el que se sientan dos funcionarios rodeados de una trinchera de papeles. Definitivamente estamos en Pakistán.

 

Me ha costado todo el día conseguir el visado pero ya lo tengo pegado en una de las pocas hojas libres del pasaporte. Tomo el metro, salgo en Goya y un tipo me aborda para que ayude con algo de dinero a no-sé-qué refugiados, explica que debo conocer su organización pues sale habitualmente en televisión. -No tengo televisión, no he tenido nunca, disculpa, le respondo y me siento en un banco a ver cómo la gente sale de las tiendas satisfecha con su última adquisición en las rebajas. El cooperante no puede creer que no tenga televisión, se sienta a mi lado y comienza a interrogarme como si hubiese encontrado al eslab’on perdido. La gente entra y sale de Stradivarius, Mango, El Corte Inglés y las docenas de tiendas que se amontonan en esta esquina popular de Madrid. Hay carteles de conciertos pegados en algunas paredes pero apenas me fijo en los nombres. En Madrid hay mujeres bellísimas y me entretengo mirándolas mientras charlo con el tipo del chaleco y los panfletos que está sentado a mi lado. Se recoje el amasijo de rastas en una única cola en el cogote, se toca el pendiente de la nariz, parece nervioso y su mandíbula tartamudea un poco cubierta por una pelusa de barba juvenil. Después de media hora observando la vorágine de mi mundo más civilizado y grabando las piernas de las chicas con minifalda en mi retina, me despido del agente solidario. Está a punto de darme 50 Euros para nuestro viaje a Pakistán.

 

El avión sale puntualmente. Estamos en las filas traseras del aparato y el ruido de los motores es ensordecedor hasta que alcanzamos altura de planeo y puedo dormir. Tenemos la tez más blanca de toda la aeronave, parece que Pakistán no es un destino turístico popular. Sólo en las dos últimas semanas ha habido más de 25 muertos en atentados. Esto no me preocupa ahora, me concentro en cerrar los ojos e intentar dormir, he pasado toda la noche vomitando en un tren. Mi salida de Logroño es todavia confusa. Tres tipos metidos en un coche con alto estado de embriaguez conduciendo por todas las direcciones prohibidas de la ciudad. Saltándonos semáforos en rojo, persiguiendo a tres furgonetas de la policía nacional en una rotonda y aparcando a trompicones entre dos coches de policía local, por supuesto desde una dirección prohibida, en la puerta de la nueva estación de tren. Por suerte los agentes estaban en el bar tomando café. Son las 3.55 de la mañana y si nadie nos ha detenido o incluso disparado en los últimos 30 minutos, estoy seguro de que tampoco me salpicará un trozo de metralla en una ciudad pakistaní. A veces hay que tentar a la suerte para ver cómo vas antes de salir de casa en un viaje peligroso. Mis amigos son expertos en esto.

 

En el aeropuerto de Islamabad imponentes funcionarios de poblados bigotes nos sellan los pasaportes. Hay una densa sensación de calor y humedad, los mozos de carga se secan los rostros con una toalla mientras empujan carros con montañas de maletas. Mujeres envueltas en seda y tapadas hasta los ojos sujetan a sus niños como preciados animales domésticos. Al traspasar la puerta que se abre al exterior el calor es aún más sofocante y cientos de gritos aturden sin poder enfocar la atención en una dirección. Hay chóferes esperando a sus clientes con nombres orientales escritos en un pedazo de cartulina, hay hombres elegantes con voluminosos turbantes que miran el reloj con ansiedad, grupos de personas se abrazan entre sí, mujeres que lloran, hombres que fuman y miran a ninguna parte, despistados, con el cabello teñido de henna. En el aire hay una mezcla de olores particular, es lo primero que me sorprende cuando atravieso la frontera aséptica del aire acondicionado de un aeropuerto. Islamabad huele a polvo en suspensión, a especias, tabaco, perfume y dióxido de carbono. Pero sobre todo huele a cenizas, huele a grandeza del pasado que se consume poco a poco en hogueras, en disparos, en sangre que corre por las calles como si la erosión que desgasta sus montañas y las convierte en desiertos se estuvise llevando también la vida río abajo. Islamabad huele a algo preciado y vital, algo orgánico y muy propio, como un cuerpo conocido en descomposición. Huele al miedo real y humano que nosotros hemos olvidado hace tiempo en nuestro confort, huele al peligro de vivir.

La muerte no lee letra pequeña

Cuando era pequeño mis padres tenían una cortina de ducha en la que había impreso un mapamundi. Recuerdo las duchas de mi adolescencia buscando ciudades como Ulan Bator, Samarkanda, Mogador, Katmandu, Damasco, Constantinopla, Tombuctú, con el pelo enjabonado, mientras mi padre se afeitaba y se ajustaba la corbata frente al espejo.

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Huayhuash

El autobús de transportes Nazario se tambalea sobre la pista pedregosa, de vez en cuando los bajos chocan contra un abombamiento del terreno y todos parecemos sufrir por el impacto en alguna pieza vital del vehículo menos el conductor que, con las manos fuertemente aferradas al volante, charla  con Elvira Nazario, la copiloto y cobradora.

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El cuerpo

Uno  no se da cuenta de la cantidad de vello púbico que puede liberar el cuerpo humano hasta que se va de expedición. El suelo de la tienda se cubre de una espesa capa de pelos negros y duros. Pelos que les gustaría vivir tiesos y altivos como un alambre pero que se arremolinan en oscuras caracolas, muchas veces abrazando una pelusa formada por diversos elementos de origen indeterminado.

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Un tipo llamado Montero


Soy  limeño, peruano, soy boliviano, argentino, panameño. Soy indio, negro, mestizo, soy árabe y chino-peruano. Soy blanco, soy pobre, soy andino, soy de cafetal y selva adentro, soy de pampa inabarcable y de helado altiplano.

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