Ir a escalar en tren.
Publciado por simonelias - 27/08/08 a las 06:08:09 pm
Pasar de caminar a escalar en las montañas es un tránsito complicado. Parece que el hecho de movernos erguidos como lo hacemos en la vida cotidiana da más seguridad que progresar encorvados, ayudándonos de brazos y piernas como un antepasado cualquiera enganchados a una roca. Este fin de semana hemos jugado a pasar de un momento a otro, de dos piernas a cuatro patas, como si la escalada fuese una involución, buscando esa dosis de salvajismo que a veces perseguimos en las salidas a la montaña.
La zona francesa del refugio de Arrèmoulit, muy cercana al puerto de El Portalet, es un lugar ideal para esta iniciación al terreno vertical. El paisaje recompensa todos los
esfuerzos con el horizonte trazado a cuchillo por el contorno de los picos puntiagudos. Los lagos, en la base de las montañas, alimentan la diversidad como oasis en medio de un desierto de granito. Sin los lagos no hay mucho más, sólo rocas y más rocas. Rocas gigantescas como el pico Palas o millones de rocas por la que se progresa de salto en salto con riesgo inminente de dejar uno o varios tobillos en el intento.
Para el primer día elegimos el pico de Arriel, una montaña cuya silueta piramidal nos acompaña constantemente desde el lado español pues sus 2824 metros cierran el valle de
Tena por el norte. Siempre había querido ascender este pico majestuoso y una referencia de Miguel Angulo en su magna obra sobre el Pirineo me hizo confiar en la arista noroeste como un buena escalada de iniciación en montaña. Después de pasar un momento avergonzante en el trenecito de Artouse por los precios escandalosos y el trato como ganado de feria, ascendimos caminando hasta el refugio a los pies del lago de Arrèmoulit. El refugio es tan pequeño que recuerda a uno de esos vivacs enriscados que encontramos en los Alpes. El baño es apestoso e incita a liberar la carga entre los bloques de granito cercanos y después de pasar una noche allí, uno se pregunta cómo siendo los franceses tan ordenados tienen un lugar tan destartalado y falto de
servicios como este edificio en uno de los enclaves más pintorescos del Pirineo. Desde el refugio en apenas una hora de marcha alcanzamos la base de la arista pasando por el collado de Arrèmoulit. Para cuando comenzamos a escalar, otra cordada ya progresaba pasadas las primeras dificultades. Estas primeras agujas empinadas y con buena roca son la parte más interesante de la vía donde disfrutamos de la sensación de escalar en la alta montaña, luego la parte superior no tiene apenas interés y la única dificultad consiste en no tirar un bloque en la cabeza del compañero.
Para el segundo día dejamos la arista sureste del Palas, una escalada clásica de iniciación que tiene una bien merecida fama entre los neófitos del mundo vertical. La roca es
excepcional, la dificultad no es en ningún momento excesiva (III+ max.), las vistas de la vertiente norte del Balaitus son inmejorables y la adherencia del granito hacen que las botas de montaña agarren con la tranquilidad de una zapatilla de escalada. En la cumbre una sorpresa: varios grupos de franceses que habían subido trepando (el Palas es una montaña a la que no se puede acceder caminando) en los que la media de edad rondaba los 60 años. Mi más sincera enhorabuena para todos ellos pese a la temeridad de ascender por un terreno tan vertiginoso sin cuerda y sin casco. El descenso lo realizamos por la arista de los Geodésicos, una de las rutas normales del pico, y desde allí regresamos al refugio por el caos de bloques habitual de estas montañas graníticas en las que los glaciares han dejado un cementerio de piedra y lagos a veces difícil de transitar. Durante el regreso tuvimos que sufrir de nuevo la vejación del tren de Artouse y el sentirnos como lo que éramos: unos turistas que habían pagado 30 euros por un miserable viaje de ida y vuelta por no afrontar la montaña y caminar un par de horas más. Hay remontes, como sustancias dopantes, que uno desearía siempre no haber tomado.
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