Diarios de Kathmandu

Escribo desde la habitación 210 del Utse Hotel en Thamel, Kathmandu. Afuera reina el bullicio del primer día de festival religioso Deepawali en su jornada dedicada a la vaca y a la diosa de la prosperidad. Ayer fue Kukur Tihar, el día del perro, y nuestros peludos amigos que normalmente transitan por las calles espantados por el tráfico anárquico y embalsamados en dióxido de carbono cobraron especial relevancia.

Los perros de Kathmandu lucían la tikka en la frente e iban adornados con collares de flores incluso algunos eran paseados en jaulas gigantescas montadas encima de bicicletas. La versión occidental del Kukur Tihar la hizo Paul Auster hace unos años dándole voz y presencia literaria al ingenioso Mister Bones, el perro que acompañaba a Willi Christmas en sus correrías americanas en busca de Tombuctú, el reino del más allá. Esta novela me acompaña en los escasos tiempos muertos que provee la apocalíptica Kathmandu y de alguna manera conecta fugazmente a oriente y occidente. Entre las calles de Kathmandu y la imaginación de Paul Auster se teje una oscura complicidad.
Kathmandu es una ciudad entre la vida y la muerte, llena de juventud y de esperanza que se revuelve en la basura. Kathmandu es la capital de un estado que acaba de cambiar una monarquía absolutista por un régimen maoísta. Aquí no hay medias tintas o se muere o se vive. Éste es un espacio entre la luz y la oscuridad –los cortes de energía eléctrica son a veces de hasta 8 horas cada noche-, una mezcla de agradables olores especiados y de repugnantes bocanadas de mugre y miseria. Antes de ayer fue el día de los cuervos y estas aves lúgubres que sobrevuelan el cielo de la ciudad con sus siluetas grandes como gansos también fueron engalanadas. Hoy sólo abren los comercios de turistas y  yo me mantengo aislado en mi cuarto rodeado de la prensa internacional y varios discos de delicioso jazz oriental que hace un par de días compré en el Jazzmandu, the biggest jazz party in the Himalayas,  una refrescante fiesta después de 11 días caminando por la montaña. La velada acabó con una multitudinaria jam session sobre el escenario. Allí estaban todos los artistas de una semana de festival: hondureños, británicos, neozelandeses, americanos, nepaleses, hindús… Aquella última canción con su buen rollo escondido en la opulencia de un hotel de cinco estrellas me recordó a nuestra alianza de civilizaciones occidental:  tolerarnos,  fundirnos en un abrazo sin fronteras, felices en nuestras diferencias mientras afuera reina la miseria.

En este instante debería estar en un campamento base a 4300 metros de altura junto a los miembros del Equipo Español de Alpinismo que esperan ansiosos la ocasión para escalar el Tengkangpoche. Mis pies me han jugado una mala pasada y sin recuperarse todavía de la mordida del frío que sufrieron en la cara norte de Les Droites hace casi un mes, sacaron la bandera blanca a los 25 grados bajo cero y 6300 metros del Parchamo, nuestra montaña de aclimatación. He regresado a Kathmandu para despedir a la parte comercial de la expedición y dar una tregua a mis insensibles dedos gordos. Durante los próximos días estaré en contacto con el campo base del Tengkangpoche y mientras recupero los pies con agua tibia y vasodilatadores iré narrando en este espacio virtual el día a día inmediato de la ciudad y de la montaña. Espero que sea un tiempo breve y que las próximas crónicas lleguen desde lugares más alejados como Namche Bazar a los pies del Everest o que se sumerjan en el silencio remoto de la escalada.

1 Comentario »

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  1. Animo Simón! Pronto recuperas.
    Mientras tanto sigue narrandonos esas interesante anecdotas que os ocurren por aquellos lugares. A
    quí parece que por fín empieza un verdadero invierno.

    Comentario por Gorobel — Octubre 29, 2008 #

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