On tour.

Durante los meses de otoño la actividad en las montañas se paraliza. El clima es demasiado inestable para la escalada en roca y el frío no alcanza para la escalada en hielo. El otoño es una tierra de nadie por eso durante los meses de octubre y noviembre los clubs de montaña y ayuntamientos organizan semanas de divulgación a lo largo y ancho de España. Desde los pueblos más pequeños y aislados hasta las grandes capitales, las conferencias se suceden y los escaladores, los expedicionarios, los habituales de las revistas salen del marco de las fotos y representan su papel ante un público que abarrota las salas. Si no podemos ir a la montaña en estos oscuros días de noviembre, hablemos de ella.

Los alpinistas profesionales se lanzan a la carretera durante la época otoñal y, como estrellas del rock, van de gira de una ciudad a otra lanzando su discurso estremecedor, sus fotos espectaculares y firman los carteles a los niños con la misma sonrisa cansada que algunos políticos ofrecen por televisión. Es duro estar de gira y recordar con precisión el nombre del pueblo donde contamos por enésima vez el tunel que excavamos para llegar a la cumbre del Cerro Torre. Es duro responder con educación las preguntas del sabelotodo con bigote de la parte izquierda de la sala, pero luego llega el momento de cenar y de romper las normas de protocolo. Entonces el alpinista bebe vino con avidez, se fuma los cigarrillos hasta quemar el filtro y durante el postre bromea sobre la longitud de las piernas de las azafatas. El show a terminado y el alpinista profesional puede ahora ser una persona más con sus carencias, sus vicios y sus dos o tres virtudes.

Recuerdo especialmente una proyección que hace algunos años di en el sur de España. Era un viaje largo y me busqué un compañero para entretener los kilómetros y aprovechar un par de dias de relax al sol del Mediterráneo. Me acompañaba mi amigo Tobía, uno de los tipos más guapo y alcohólico que conozco. Era la compañía perfecta para convertir un viaje de trabajo en puro placer. Después de la charla fuimos a cenar y no había llegado el segundo plato cuando todos habíamos tomado demasiado vino. Nos encontramos con la típica división de club de montaña en la que los jóvenes aman la escalada y los mayores los bocadillos de lomo con pimientos. En este club la división era tan marcada que ambos bandos no se hablaban. Yo había sido invitado por los jóvenes pero eran los mayores los que tenían que pagar. Cuando llegó el segundo plato brindé por la directiva. Era una actitud cariñosa pero los jóvenes tomaron partido de la ocasión y levantando las copas se mofaron del otro bando sin ninguna delicadeza. Desde ese momento me encontré comandando una guerra interna, sin ningún conocimiento previo de la situación.

Cuando llegaron los postres mi amigo Tobía imitaba a Fernando Fernán Gómez mientras flirteaba con la mujer del secretario del club apurando el vino de todas las botellas de la mesa. Aprovechó la llegada del camarero para pedir una copa para él, otra para la mujer del secretario y otra para el presidente. En ese momento yo sólo buscaba la salida del local y contaba los pasos que nos separaban de la puerta. Mi amigo se estaba viniendo arriba y sabía perfectamente cómo podía acabar todo aquello. Así fue.

Cobramos el dinero, salimos corriendo en busca del primer bar y tuve que convencer con diplomacia y otro gin-tonic a mi amigo para que no volviese a por la mujer del secretario. Cobrar había sido más peligroso que la escalada del Cerro Torre. Los mayores no querían pagar el kilometraje y los jóvenes se enfadaron bastante cuando mi amigo intentó bailar con la mujer del secretario en un restaurante en el que no había ninguna música.

Al día siguiente nos despertamos en la cuneta de una carretera comarcal. Hacía un sol de justicia y teníamos la lengua seca y àspera como la piel de una serpiente. Sin decir nada nos pusimos en marcha rumbo al norte. Encontramos la autopista y luego un área de servicio donde comimos hasta tomar la fatídica decisión de alargar nuestra estancia en la zona. Pasaron dos días más hasta que llegamos a casa en un estado de resaca crónica. Nos habíamos gastado todo el dinero de la conferencia y mi amigo Tobía había repartido toda su felicidad entre la comunidad alemana de este pueblito del mediterráneo. Cuando regresamos a Logroño nevaba y hacía 2 grados bajo cero. Nuestra situación era tan desolada como el paisaje nevado, vapuleado por los primeros vientos polares del invierno. ¿Habrá algún sitio donde poder ir a escalar y olvidar el aspecto público de la montaña?

1 Comentario »

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  1. Qué bueno eres!

    Me encanta tu blog, y -que nadie me oiga- todavía más cuando no tienes “tema” de escalada.

    Lo tuyo es la literatura. Supongo que es una de tus dos o tres virtudes. :-)

    Comentario por javier — Diciembre 1, 2008 #

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