Fuera de las pistas.

El entorno de la estación de esquí del Tourmalet en el corazón del Pirineo francés es uno de los mejores lugares en nuestras montañas para la práctica del esquí fuera pista. Los numerosos remontes con posibilidades de cruzar hacia otras vertientes a sólo unos minutos de distancia con las pieles de foca y el protagonismo del Midi de Bigorre, el rey de los itinerarios de descenso salvaje en los Pirineos, hacen de esta estación un lugar ideal para combinar el esquí de montaña con los largos descensos fuera de las pistas.

 

Con el objetivo de impartir un curso de esquí en nieves no tratadas he regresado a Baréges, este pequeño pueblo pirenaico que al estilo de las poblaciones del lejano oeste sólo tiene una calle por la que los turistas deambulamos arriba y abajo con el consiguiente riesgo de perecer bajo las avalanchas que caen de los tejados de los edificios de cuatro plantas tras las nevadas recientes. Cada población turística tiene su nervio central, en Chamonix es la rue Paccard, en Zermatt la Bahnhoffstrasse, y en Baréges la rue Ramond donde los esquiadores vacacionales reflejamos nuestros rostros de animales estabulados en los escaparates decorados con luces de Navidad. Al día siguiente nos levantaremos y como un rebaño obediente recorreremos las pistas de la estación del Tourmalet dentro de las zonas balizadas, tras pagar los consiguientes 33 € para poder utilizar los remontes. El esquí fuera de las pistas nació para salir de este orden pastoral pero viendo a algunos de los que se lanzan a toda velocidad por algunas de las laderas sin el mínimo conocimiento de la seguridad en montaña pienso que seguimos siendo igual de animales. Fumar marihuana y llevar ropas de colores chillones no ayuda a prevenir accidentes; la formación sí, incluso fumando.

El segundo día realizamos uno de los itinerarios clásicos de iniciación al esquí fuera de las pistas en el Tourmalet. Cuando me refiero a este tipo de actividad no estoy hablando de deslizarnos sobre nieve inmaculada a escasos metros de un teleférico, sino de descender lejos de todo apoyo exterior con la ayuda inicial de un remonte mecánico hasta lugares donde una mala caída o una torcedura pueden tener graves consecuencias. Esta ruta de iniciación que realizamos es la travesía de la brecha de Cuatro Termas. Hay que atravesar una estrecha brecha encajonada entre muros de granito rojizo para adentrarnos en las primeras estribaciones del macizo del Neouvielle. Nada más cruzar la brecha con ayuda de las pieles de foca primero y de los crampones después, el panorama cambió. A nuestras espaldas una macro estación de esquí con remontes en todas las direcciones donde la gente se apelotona, pistas construidas con la ayuda de excavadoras y pilonas por donde ruedan los remontes como bosques de un futuro desalmado. Pero hacia adelante estaba el macizo del Neouvielle con la nieve inmaculada brillando bajo el sol del atardecer. El salto de una pareja de perdíces nivales desde unos abetos nos hizo conscientes de que habíamos cruzado una fontera. Esto era lo que buscábamos, el deporte como una excusa para ser partícipes del espectáculo de la naturaleza.

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