Tour 2009 (Barcelona)
Publciado por simonelias - 17/12/09 a las 07:12:47 pmEl sueño es un momento plácido, quizá uno de los más plácidos y más agradecidos en la vida de un hombre. Ese umbral, esa antesala entre la vida y la muerte reconforta como un abrazo tras un largo viaje.
Hay momentos en esta agitada existencia, en este largo viaje en que también falta el tiempo para dormir. Y otras, cuando duermo desintoxicándote del ejercicio diario dejando debajo de la almohada la mente disparada como un caballo de carreras, desenchufo hasta que oigo un sonido apenas perceptible en el fondo de ese espacio oscuro y vacío que es el sueño. El sonido crece y lo escucho con más nitidez, estoy atravesando de la penumbra a la luz o viceversa: de la luz del sueño a la penumbra de la vida. Muevo la lengua dentro de la boca, me humedezco los labios, muevo el brazo aprisionado debajo del cuerpo sudoroso y no sé dónde estoy. Repaso los últimos días en el estupor del sueño y me doy cuenta de que si ayer dormí en Logroño y la noche anterior en Francia y la anterior en un pueblo junto al puerto de Navacerrada, hoy tengo que, necesariamente, estar en un hotel de Barcelona. Sí, esta cama tan cómoda y este ambiente aséptico deben ser los del hotel. No creo que esté en Jordania, tendría arena entre los dientes; tampoco estoy en Pakistán, aquí huele demasiado bien.
Hace unas horas que he dado una charla en una casa ocupada, La Casa de la Montaña, uno de los enclaves de resistencia contracultural más antiguos de España en el barrio de Gracia de Barcelona. Yo creía que en este escenario tan alternativo las palabras iban a salir con más fluidez y que iba a ser capaz de destrozar banquetas, hacer brotar carcajadas y escupir al público como imagino en mi utopía cada tarde antes de un audiovisual. Pero no fue así. Fue un discurso sobrio y cobarde como los que hago cada tarde en los escenarios de media España. Conté sólo medias verdades o peor aún, conté sólo medias mentiras. El día en que tenga los huevos de mentir sin piedad es cuando el espectáculo merecerá la pena. A veces los tipos con pendiente en la nariz me dan tanto miedo como los que llevan corbata.
Al terminar la charla hemos ido cerca de las ramblas a un local original. El Judas es un bar estrecho y sucio regentado por un tipo que parece conservado en vinagre. El suelo es pegajoso y la suela de las botas chirría como una bisagra sobre las baldosas cuando entramos. En una esquina está la Manuela con sus 70 años de vida y 30 de puta, con su aliento pestilente y su desparpajo: “Aquí está la Manuela, dice al vernos entrar, más puta que bonita.” Pedimos tres cervezas, una para Xavi que siempre va tan elegante como si estuviese a punto de rodar un anuncio para la televisión; otra para Bélez, una exboxeadora guapa y dura como una montaña nevada, y otra para mí que no estoy en mi mejor momento y observo de reojo el ambiente turbio. Una gitana entra a pedir tres cafés. Es tarde ¿quién beberá café a estas horas? Un moro compra tabaco mientras vigila de reojo su bicicleta apoyada junto a la puerta, en la tele suena una melodía de los 40 Principales y la Manuela se empeña en describir el sentimentalismo de sus orificios: “El de delante para el dinero y el de detrás para el amor” y se extiende en una explicación demasiado precisa de su capacidad para el romance. Cuando llega al punto de recrearse en las pepitas del bocadillo de pimiento verde que había comido aquel día, salgo a la calle y fumo un cigarrillo observando a los buscavidas que venden latas de cerveza, hachís o anfetaminas.
Aprovecho un momento de distracción y me despido de Xavi y Bélez. Camino despacio hacia el hotel y me meto en la cama sin prisa, disfrutando del tacto de las sábanas limpias. Ahora es media noche, ya estoy totalmente consciente y me acabo de dar cuenta de dónde estoy. Recuerdo el cochinillo de Segovia saliendo sobre la bandeja con aquella cara de felicidad, como si lo hubiesen metido al horno en el momento en el que le decían un piropo. Recuerdo la húmeda melancolía de Pau, el placer de compartir el escenario con ese grande que es mi hermano y repaso el reciente lado oscuro de la ciudad de Barcelona. No sé por qué pero pienso demasiado vivamente en las pepitas del pimiento de la Manuela, en su aliento hediondo, en los gestos de sus manos mientras describía gráficamente las trancas que se tragaba. En este revoltijo de pensamientos me vuelvo a quedar dormido con la imprecisión del largo camino, pero con la seguridad de que al menos esta noche he sabido dónde estaba: entre el olor nauseabundo del baño del Judas y la fragancia cálida y extraña de las sábanas de un hotel.
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Joder, que bueno eres, no sé si me gusta más cuando escribes de monte o cuando divagas sobre el hombre y su existencia, a seguir así. Saludos
Comentario por chemi — Diciembre 20, 2009 #
espero no ir a verte cuando por fin decidas escupir al respetable…
(muy bueno)
Comentario por Alex — Enero 4, 2010 #