Alpinismo casero
Publciado por simonelias - 22/12/09 a las 07:12:55 pmAcaba de entrar el invierno pero las montañas tienen un paisaje triste. No hay nieve y el frío es intenso, a un lado y a otro de los valles el viento ha levantado la hierba que ya se creía descansando hasta la primavera. El cielo está encapotado pero no nieva, el otoño ha sido seco, apenas hay agua, ni por lo consiguiente, hielo. Los alpinistas esperamos con más o menos paciencia. Nos llamamos entre nosotros preguntando condiciones y recibiendo las mismas negativas. Frecuentamos bares, ahogamos la energía con opíparas comidas y por Navidad, cuando estamos a punto de caer en la desesperación, visitamos a nuestras madres.
Después de perseguir una buena ascensión durante varias semanas, aparco el coche en la entrada de la casa familiar. He subido dando tumbos por el camino que separa la casa al pie de la montaña de las calles asfaltadas del pueblo. Hay más de un palmo de nieve y la temperatura es bajo cero. Entre los tejados blancos de los edificios puedo ver el humo de la chimenea perdiéndose entre las copas de los árboles. En el camino sólo hay algunas huellas humanas en las que reconozco la suela de los zuecos alemanes de mi madre. Me pongo el plumífero y camino hasta la cocina dejando a la derecha el gallinero y la chopera del río. Hay luz en la ventana. Junto al fuego está mi madre cosiendo y en el fuego borbotea una sopa de ajo. Siempre da gusto volver a casa, aunque haga 5 bajo cero.
Yo estoy helado y mi madre me coloca junto a la chimenea. Viene y va con brazadas de leña. Son los últimos despieces del año, habrá que pedir un par de remolques de roble para pasar el invierno. Todo sigue igual. La biblioteca con cientos de volúmenes, los cuadros con el bastidor desencajado, la gotera del pasillo, las fotografías, las telarañas junto a la piedra del molino donde la humedad está helada en las paredes. Lo que más me impresiona es el piso de arriba, las habitaciones donde todavía están los grafitis que mi hermano y yo hacíamos de pequeños para dejar bien marcada nuestra rebeldía. Yo creo que a pocos jóvenes les han dejado sus padres hacer pintadas punk en las paredes de sus cuartos. Cada vez que regreso a esta habitación me río leyendo la concepción que tenía del mundo a los 16 años: “La mili es larga y dura como mi polla. Insumisión.” O bellezas de la rima consonante como “Menos guardia urbana, más marihuana”. Me pregunto si algo queda de aquella energía, de aquel descontento tan vigorizante. Me quedo con la carcajada de satisfacción al encontrar las pintadas y repasar mis primeros pinitos en la poesía antisistema. Estoy otra vez en el cuarto de una sola ventana. A través de los cristales puedo ver el tejado del garaje por el que escapaba para ir a jugar al pueblo mientras utilizaba por primera vez el alpinismo para su fin último: la búsqueda de libertad.
Después de dos días en casa estoy admirado de la fuerza y la determinación de mi madre. Sola en medio del monte, custodiando un molino del siglo XVII con sus sesenta mil metros de terreno, cosiendo su laboriosa artesanía, reciclando, viviendo al día, resistiendo. Parece que de tanto leer aquellas pintadas de nuestra adolescencia rebelde, mi madre se hubiese convertido en la última anarquista desde su molino en medio de la montaña. Ha llegado la televisión digital y ya no puede ver los canales en castellano. Sólo el telediario en euskera, dice, y se muere de risa, tapándose la boca con una mano como si esa declaración le delatase. Como si con cualquier palabra descubriésemos su receta de la felicidad. Su aislamiento de todos los conflictos para enfrentarse al suyo propio, más intenso, más verdadero y también seguramente, más doloroso. En la casa no hay calefacción y la temperatura estos días en algunas de las habitaciones roza los cero grados. El agua caliente funciona cuando quiere y para tenerla en marcha hay que acarrear pesadas bombonas de butano naranjas desde la entrada del camino. Aquí la vida es como antes, dura y agradecida.
Cuando miro a mi madre salir a buscar leña entre la nieve pienso en aquellos primeros viajes a la Patagonia argentina donde vivíamos en el bosque en medio de un limbo reconfortante. Escalar era lo de menos. Allí veníamos buscando una cosa pero encontrábamos otra. Veníamos buscando al Cerro Torre pero encontrábamos las tardes junto a la hoguera tomando mate, el tiempo interminable para leer o para hacer equilibrios sobre una cuerda floja tendida entre dos árboles. Encontramos que tan importante era escalar montañas como vivir en medio de una naturaleza agreste que te protegiese de las normas del exterior. Allí entendimos que la libertad era peligrosa. Un fallo no suponía la regañina de un jefe o una multa del Ministerio de Hacienda. Un fallo en la libertad de la naturaleza supone la muerte o el accidente. El frío, la inanición, el agotamiento. Un patinazo sobre el suelo helado con los brazos cargados de leña puede ser fatal para una mujer de 63 años perdida en medio del monte. Acepta las reglas y asume las consecuencias. Sigue jugando a ese juego suyo de la rebeldía con ética y con compromiso. Porque la aventura, nos lo ha enseñado ella, es un estado mental.
7 Comentarios »
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Creo que esta ha sido la entrada que más me ha gustado de todas las que he leído aquí. Me he imaginado ese molino. Y el precio de la libertad, y cómo suena la nieve al ir a coger leña porque escucho eso cada mañana. Y qué haríamos y qué seríamos sin las madres.
Comentario por Comtessa d'Angeville — Diciembre 22, 2009 #
Hola Simón,
Muy buenas reflexiones y muy buena historia. Espero que la pases muy bien con tu madre -o con quien pases la navidad- y el 2010 podamos seguir viviendo tus experiencias a través de tus excelentes relatos.
Saludos desde Perú,
Aldo
Comentario por Aldo Arozena — Diciembre 22, 2009 #
Simón, eres un monstruo.
Cuentas cosas interesantes y las haces doblemente interesantes por cómo las cuentas. Casi vemos a tu madre. Y casi vemos también lo que tienes dentro y tu forma de sentir la naturaleza y las montañas.
Hace tiempo que tenía ganas de decírtelo, desde que leí tu relato del rescate,…ese relato por entregas que es ya una joya de la literatura de montaña, lo sentí en cuanto lo terminaste. Escalar parece que se te va dando bien, seguro que los señores de Desnivel te han sugerido ya que pruebes a cambiar el arnés por la pluma de vez en cuando, no ya para el blog, sino para escribir en serio. Si no lo han hecho lo hacemos tus lectores. Tal vez te dé para unas perrillas, seguro.
Feliz navidad
Comentario por Emilio — Diciembre 23, 2009 #
Me encanta…, me llega muy adentro lo que escribes.
Un beso.
Comentario por Ana — Diciembre 23, 2009 #
Cabronaco!!! Emocionante (del verbo emocionar) y delicioso. Y que sepas que se le echa a usted de menos por la zawiya esta daquín. Brazos, L.
Comentario por la luisa — Diciembre 26, 2009 #
Mi estimado, querido y desconocido Pariente,
Tal parece que nos identifica ese gen del caminante inagotable y nos une como parientes. Entiendo perfectamente lo que te pasa, pues lo mismo me sucede a mi. Un dia sin caminar por el monte se convierte en un dia incompleto, aburrido e infeliz. Que desgracia y fortuna a la vez! Pero definitivamente creo que es cuestion genetica, mi bisabuelo del cual nos une la raiz de “Elias” era un habido e inquietante caminante, solia revisar sus tierras agricolas a pie, tarea que realizaba a diario, segun me contaba mi abuela. Coincido en tu afirmacion y asevero la misma; que no se nos gaste la pila. Te mando un Carinoso abrazo y las gracias por haber acogido a mi hijo Manuel por aquellos rumbos y te reitero que aqui tienes tu casa en este maravilloso desierto de Arizona, donde los montes abundan y las veredas son infinitas. Hay una en especial que te invito a recorrer; “Arizona Trail”. Asi que por aqui te esperamos. Te desoe que tengas un excelente fin de ano (perdon por la falta de ene) y espero no os vaya a confundir esta omision de tan importante simbolo, y los mejores deseos para este 2010. Saludos en casa. Un abrazo Pariente, Martin Osete
Comentario por MARTIN OSETE — Diciembre 29, 2009 #
Mi querdido y desconocido Pariente,
No se porque me eqivoque si siempre hago lo mismo. Lei un articulo sobre un caminante inagotable y pense que era tuyo, pues habia estado buscando en tu sitio y lei un articulo interesante sobre la fuerza inagotable de caminar que nace de esa fuente que solo puede ser el coraon del caminante. Pero esto es lo que me hizo enviarte ese comentario que antecede. Pero dejame decirte que eset articulo esta lleno de magia. Tuvimos la suerte de imprimirlo en dias pasados y portarlo a la cima de un monte que me gusta subir seguido, ibamos la familia completa que somos 4 integrantes, De los cuales ya conoces a Manuel. Ya en la cima nos sentamos a descansar y abrimos tu articulo y gozamos con estas maravillosas letras al grado de hacernos nudo en la gargante. Felicidades y que manera de expresarte. Ojala y pronto podamos coincidir en alguna vereda. Te mando un fuerte abrazo y espero verte por estos rumbos. Tu pariente Martin Osete
Comentario por MARTIN OSETE — Diciembre 29, 2009 #