Cómo escribir un post
Publciado por simonelias - 30/07/10 a las 02:07:43 pmAntes de comenzar a escribir hay que buscar la inspiración. Podemos basarnos en ejemplos de la historia como Baudelaire con su afición a la absenta o Marco Aurelio y sus desayunos de opio, pero aquí en Pakistán es mucho más práctico meterse en la tienda comedor cuando todos los hornillos de queroseno están funcionando. Te sientas alrededor de los fuegos y comienzas a charlar con los cocineros mientras fumas cigarrillos a un rítmo que pronto la estancia parece el interior de un motor de combustión y en unos minutos la cantidad de oxígeno en el aire es la que podrías encontrar a 9000 metros.
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Hushé
Publciado por simonelias - 27/07/10 a las 03:07:04 amPakistán nunca deja de sorprenderte o golpearte. Aquí los piés están tan en contacto con la tierra que cada acontecimiento, cada acción , cada latido del ritmo primigenio de la vida, recorre todo el cuerpo; a veces, con violencia.
Karakorum Highway
Publciado por simonelias - 19/07/10 a las 05:07:00 pmNuestro hotel está situado en la parte nueva de la ciudad, una extensión gigantesca de amplias avenidas con grupúsculos de edificaciones a uno y otro lado. Islamabad tiene una aburrida perfección soviética desde afuera pero al recorrer las manzanas de edificios a medio construir, con ventanas abiertas en midad de los muros a martillazos y los hierros de la próxima capa de hormigon despuntando desordenados hacia el exterior, se identifica ese fundamento improvisado de lo oriental. Pequeñas señales de que la vida es aquí una cosa fugaz y momentanea.
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Aeropuertos
Publciado por simonelias - 19/07/10 a las 10:07:42 amEn la calle Pío XII de Madrid hay media docena de embajadas pero por más que conducimos arriba y abajo con el taxi, no hay manera de encontrar la de Pakistán. Hay varias de países africanos con sus banderas ondeando en lo alto de las puertas franqueadas por imponentes agentes de seguridad.
Hay un gran supermercado, un colegio inglés y una guardería pero la bandera verde y blanca con la luna creciente y una estrella no señala ningún edificio. El taxista no parece tener muy clara la ubicación exacta de la Embajada de Pakistán como tampoco parece poder situar con una ligera aproximación a este país remoto e ignorado si no es por sus desgracias en el planisferio. Se detiene frente a la Embajada de la India y me dice que me baje: -pregunta ahí, estos seguro que saben. El taxista definitivamente tampoco parece tener muy clara la situación política de Pakistán, en guerra continua desde hace varias décadas con sus vecinos indios. Es más fácil caminar y buscar la puerta a pie que intentar informar al taxista de que Pakistán no es una ex-república soviética. Hace un sol abrasador y me protejo bajo la sombra de un alero. Madrid me intimida, es como una jungla gigantesca poblada por temibles y gigantescos depredadores. La gente que entra y sale de las tiendas tampoco me hace ninguna gracia, nuestra opulencia me mosquea en un genuino acto de hipocresia y me hace recordar las blasfemas manifestaciones de solidaridad de mi amigo Montero. Protegida de la vista por el follaje de los árboles encuentro una puerta sin bandera, tiene una pequeña placa que la identifica como la entrada de la Embajada de Pakistán, sin embargo está cerrada. Compruebo el horario en mi reloj: 9:32 am. y recorro la tapia hasta que en una calle lateral doy con la puerta metálica de un garaje, en ella se abre otra puerta más pequeña que empujo tímidamente. Da a un patio interior sembrado de colillas donde se amontonan utensilios de limpieza. Mientras reflexiono sobre la conveniencia de entrar a hurtadillas en la embajada de uno de los países más violentos del mundo, dos pakistanís ascienden por unas escaleras, salen al patio y me saludan al pasar agachándose con esfuerzo para atrevesar esta entrada de madriguera. Al bajar las escaleras me doy de bruces con una fila de hombres con kmish chaluar, morenos y con negras matas de pelo creciendo como llamaradas petrolíferas en sus cabezas. Observo las paredes desnudas de la estancia, el único cuadro de un dibujo en carbonilla de un esquiador y el estrado en el que se sientan dos funcionarios rodeados de una trinchera de papeles. Definitivamente estamos en Pakistán.
Me ha costado todo el día conseguir el visado pero ya lo tengo pegado en una de las pocas hojas libres del pasaporte. Tomo el metro, salgo en Goya y un tipo me aborda para que ayude con algo de dinero a no-sé-qué refugiados, explica que debo conocer su organización pues sale habitualmente en televisión. -No tengo televisión, no he tenido nunca, disculpa, le respondo y me siento en un banco a ver cómo la gente sale de las tiendas satisfecha con su última adquisición en las rebajas. El cooperante no puede creer que no tenga televisión, se sienta a mi lado y comienza a interrogarme como si hubiese encontrado al eslab’on perdido. La gente entra y sale de Stradivarius, Mango, El Corte Inglés y las docenas de tiendas que se amontonan en esta esquina popular de Madrid. Hay carteles de conciertos pegados en algunas paredes pero apenas me fijo en los nombres. En Madrid hay mujeres bellísimas y me entretengo mirándolas mientras charlo con el tipo del chaleco y los panfletos que está sentado a mi lado. Se recoje el amasijo de rastas en una única cola en el cogote, se toca el pendiente de la nariz, parece nervioso y su mandíbula tartamudea un poco cubierta por una pelusa de barba juvenil. Después de media hora observando la vorágine de mi mundo más civilizado y grabando las piernas de las chicas con minifalda en mi retina, me despido del agente solidario. Está a punto de darme 50 Euros para nuestro viaje a Pakistán.
El avión sale puntualmente. Estamos en las filas traseras del aparato y el ruido de los motores es ensordecedor hasta que alcanzamos altura de planeo y puedo dormir. Tenemos la tez más blanca de toda la aeronave, parece que Pakistán no es un destino turístico popular. Sólo en las dos últimas semanas ha habido más de 25 muertos en atentados. Esto no me preocupa ahora, me concentro en cerrar los ojos e intentar dormir, he pasado toda la noche vomitando en un tren. Mi salida de Logroño es todavia confusa. Tres tipos metidos en un coche con alto estado de embriaguez conduciendo por todas las direcciones prohibidas de la ciudad. Saltándonos semáforos en rojo, persiguiendo a tres furgonetas de la policía nacional en una rotonda y aparcando a trompicones entre dos coches de policía local, por supuesto desde una dirección prohibida, en la puerta de la nueva estación de tren. Por suerte los agentes estaban en el bar tomando café. Son las 3.55 de la mañana y si nadie nos ha detenido o incluso disparado en los últimos 30 minutos, estoy seguro de que tampoco me salpicará un trozo de metralla en una ciudad pakistaní. A veces hay que tentar a la suerte para ver cómo vas antes de salir de casa en un viaje peligroso. Mis amigos son expertos en esto.
En el aeropuerto de Islamabad imponentes funcionarios de poblados bigotes nos sellan los pasaportes. Hay una densa sensación de calor y humedad, los mozos de carga se secan los rostros con una toalla mientras empujan carros con montañas de maletas. Mujeres envueltas en seda y tapadas hasta los ojos sujetan a sus niños como preciados animales domésticos. Al traspasar la puerta que se abre al exterior el calor es aún más sofocante y cientos de gritos aturden sin poder enfocar la atención en una dirección. Hay chóferes esperando a sus clientes con nombres orientales escritos en un pedazo de cartulina, hay hombres elegantes con voluminosos turbantes que miran el reloj con ansiedad, grupos de personas se abrazan entre sí, mujeres que lloran, hombres que fuman y miran a ninguna parte, despistados, con el cabello teñido de henna. En el aire hay una mezcla de olores particular, es lo primero que me sorprende cuando atravieso la frontera aséptica del aire acondicionado de un aeropuerto. Islamabad huele a polvo en suspensión, a especias, tabaco, perfume y dióxido de carbono. Pero sobre todo huele a cenizas, huele a grandeza del pasado que se consume poco a poco en hogueras, en disparos, en sangre que corre por las calles como si la erosión que desgasta sus montañas y las convierte en desiertos se estuvise llevando también la vida río abajo. Islamabad huele a algo preciado y vital, algo orgánico y muy propio, como un cuerpo conocido en descomposición. Huele al miedo real y humano que nosotros hemos olvidado hace tiempo en nuestro confort, huele al peligro de vivir.
La muerte no lee letra pequeña
Publciado por simonelias - 16/07/10 a las 12:07:52 pmCuando era pequeño mis padres tenían una cortina de ducha en la que había impreso un mapamundi. Recuerdo las duchas de mi adolescencia buscando ciudades como Ulan Bator, Samarkanda, Mogador, Katmandu, Damasco, Constantinopla, Tombuctú, con el pelo enjabonado, mientras mi padre se afeitaba y se ajustaba la corbata frente al espejo.
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Huayhuash
Publciado por simonelias - 14/07/10 a las 09:07:28 pmEl autobús de transportes Nazario se tambalea sobre la pista pedregosa, de vez en cuando los bajos chocan contra un abombamiento del terreno y todos parecemos sufrir por el impacto en alguna pieza vital del vehículo menos el conductor que, con las manos fuertemente aferradas al volante, charla con Elvira Nazario, la copiloto y cobradora.
El cuerpo
Publciado por simonelias - 02/07/10 a las 01:07:33 pmUno no se da cuenta de la cantidad de vello púbico que puede liberar el cuerpo humano hasta que se va de expedición. El suelo de la tienda se cubre de una espesa capa de pelos negros y duros. Pelos que les gustaría vivir tiesos y altivos como un alambre pero que se arremolinan en oscuras caracolas, muchas veces abrazando una pelusa formada por diversos elementos de origen indeterminado.
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