Deriva



Otra vez en casa. Subo las escaleras despacio, observando con detalle la basura acumulada en los peldaños como si las colillas, los gargajos y los envoltorios aplastados pudiesen darme alguna pista de lo que va a ocurrir en los próximos días.

En la montaña es todo más fácil, sólo hay que comer, beber, dormir a cubierto e intentar mantenerte con vida. No hay tiempo para muchas más reflexiones. Al entrar por la puerta, siempre temeroso de encontrar una familia de okupas o una invasión de insectos o roedores, empujo de una patada las bolsas acumuladas en el pasillo con restos de los anteriores viajes: una colcha peruana, unos pies de gato, un saco de dormir, varios mosquetones desperdigados por el suelo. Toco con el dedo índice de la mano izquierda los cuadros del pasillo, el dibujo de Bigas Luna, la foto de Jorge, el recorte de un semanario de un jefe tribal africano ataviado con falda, pelo voluminoso y espada al cinto mientras una de sus esposas le tapa la cabeza con un paraguas, la foto carnal y cariñosa en la que beso con pasión a una mujer en la boca. Mientras entro en el salón me fijo en las pelusas gruesas como gatos debajo de las estanterías. La luz pasa a duras penas por los visillos extremadamente sucios del balcón. Miro en derredor, identifico la biblioteca, los volúmenes organizados en un desorden muy personal, las mantas con logotipos de compañías aéreas sobre el sofá, la foto de mi padre haciendo la primera comunión con un traje ridículo y sus orejas soplillo. Las pilas de cedés cubiertos de polvo, las plantas agonizantes sin flores y sin la más mínima tonalidad de verde. Estoy en casa.

En el bar de abajo están los parroquianos de siempre. La televisión, colgada en una esquina y surcada por chorretones de grasa, emite la sempiterna película de vaqueros y varios carteles en las paredes anuncian actos de un colectivo anarquista al que nadie parece dar importancia. La cerveza es barata en este bar en el que todavía utilizan serrín en el suelo de los baños.  Tomo tres seguidas mientras hablo de trivialidades y me muestro más locuaz y capaz de conducir la conversación según el alcohol va llegando al cerebro . Que si Pakistán es un país salvaje, que si la guerra con India, que si la situación de las mujeres, que si el Ramadán…  Dejo el tercer botellín sobre la barra con un golpe, sobresaltando a un viejo de bigote amarillo que fuma sin parar mientras rellena un crucigrama, ajeno a los tiros que derriban falsos pieles rojas por encima de su cabeza. En la calle los niños todavía están de vacaciones y recorren las librerías del casco antiguo acompañados de sus padres para comprar material escolar. Las terrazas están llenas, grupos de jóvenes dejan ver sus tatuajes por debajo de las camisetas ajustadas y charlan con la fuerza y el desenfado de un verano que parece imperecedero. Camino durante más de una hora cruzando de una callejuela a otra, perdiendo la vista en los escaparates de las tiendas o saludando a conocidos que parecen muy alegres de verme. Las conversaciones se reducen a tópicos y frases hechas. Es un diálogo, el de las despedidas y bienvenidas, que tengo muy ensayado. Miro a los ojos a mis interlocutores pero no encuentro en ellos nada de mí. Ya no soy parte de esta ciudad. Aún más escalofriante es que ya no soy parte de nada; sólo siento un largo planeo que busca un punto de aterrizaje inexistente. Recuerdo una cita de Jonathan Randal. En su larga carrera como corresponsal cubrió la guerra de independencia de Argelia contra Francia, seguida de guerras y crisis en Congo, Vietnam, Iran, Líbano, Kurdistán, Bosnia, Liberia y otra docena más de zonas de combate. En 1988 Randal rechazó una oferta para continuar en el conflicto ruso en Afganistán.  Tras unos días difíciles en Kabul deliverando sobre el futuro de su profesión, Jonathan rectificó: œ…hay gente a la que se le paga por viajar a lugares donde otros no quieren ir. Aquí a mi alrededor, en estas calles limpias paseadas por hombres y mujeres respetables, hay una vida normalizada. Una vida dentro de unos parámetros, con horarios, con supermercados y neveras repletas de comida; una vida sin polvo debajo de las alfombras, sin barro en las botas, una vida de uñas limpias, con familia, primos y cumpleaños. Aquí la gente se levanta por las mañanas para ir a trabajar a una hora determinada, la gente tiene pareja y familia, horarios y asistenta. La reflexión me espanta y decido regresar a casa.

Me siento en el sillón mientras mascullo en silencio el desconcierto que me invade  cada vez que regreso a este hogar perdido, hoy almacén donde guardar los recuerdos de una vida: la foto trabajando en el patio de aquella casa en Playa del Carmen, la entrada de un concierto en Madrid, el retrato de una novia argentina, una pluma de pavo real que encontré en un parque, el autorretrato con americana y camiseta de rayas hecho por un fotógrafo ambulante en las calles de La Paz. La sensación de pérdida, la deriva. Este terrible drama del hombre moderno arrastrado por el precario sentido de la existencia. œDespojado del sentido de Dios y de la historia, citando al gaviero, ese oteador del horizonte que ejerce un trabajo tan viejo como los mares, buscando desde la gavia de su barco la tierra prometida, el lomo de una ballena o un escollo que esquivar. Maqroll el gaviero, creado por el colombiano Álvaro Mutis, es un personaje perdido en su propio destino, un perdedor construido por las mismas experiencias que no le dejan cesar su empeño por seguir adelante; descendiendo cada vez más cerca de sus propios infiernos, consciente de que la derrota es una gran fuente de sabiduría. Maqroll es un héroe desesperanzado que ya no cree en su estirpe y cuya amargura es su más potente combustible. Sólo un gran poeta como Álvaro Mutis ha podido recrear este sentimiento de deriva, de futilidad:
«Todo irá desvaneciéndose en el olvido / y el grito de un mono, / el manar blancuzco de la savia / por la herida corteza del caucho, / el chapoteo de las aguas contra la quilla en viaje, / serán asunto más memorable que nuestros largos abrazos».

Me levanto y busco algo de comer en la cocina. El frigorífico es un lugar desierto a excepción de dos montañas de moho que cubren alguna sustancia olvidada meses atrás en los prolegómenos de un viaje. Miro las botellas de licor y las evito, es demasiado pronto para el alcohol fuerte. Preparo un té y mientras el agua se calienta lanzando un pequeño remolino de vapor que enciende tímidamente un llama de vida en esta cocina abandonada, abro la ventana del patio interior. Es un lugar infecto, la ventana está cubierta de polvo humedecido en la parte exterior. Compruebo que la llave del gas está abierta en toda su extensión y cuando miro hacia el fondo del patio veo una pequeña charca de aguas oscuras, negra y espesa en la que se retuercen miles de larvas. Cierro rápidamente la ventana y apoyo la espalda contra ella. La visión de miles de seres moviéndose frenéticamente mientras crecen entre las heces y los restos nauseabundos del edificio me asusta. Es la cera en las orejas de la sociedad del bienestar. El agua está hirviendo, apago el fuego y me lavo enérgicamente las manos. Dejo el té preparado sobre la encimera y salgo rápidamente de casa. No puedo pasar ni un momento más aquí. No sé adonde voy, probablemente al bar de la esquina, a beber y a comenzar esa rutina de contar los días que faltan para salir de viaje otra vez.

9 Comentarios »

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  1. Escribió Miriam García Pascual algo así como “la libertad del pájaro es la esclavitud al viento”.

    Los que no tenemos coraje para ser otra cosa que seres normales y anodinos envidiamos el valor de quienes vivís con tu intensidad.

    bonne journée

    Comentario por Bertran Russell — octubre 5, 2010 #

  2. ¿Puede alguien justificar más enérgicamente a Ulises, q fue Nadie, q gastó 9 años anhelando Ítaca, q vio y fue visto por Nausícaa, que enhebró las segures con certero flechazo y derramó la sangre de las larvas, -que volvió a embarcarse en las negras naves de muchos remos, volvió con dolor la espalda [nost - algos] a la rocosa patria de Laertes, volvió a las Escilas y Caribdis para quedarse, porque lo precario y lo peligroso y lo enigmático se habían convertido en su verdadera habitación?
    \Entré en mi casa; vi que de anciana habitación era despojos…\

    [Nuevamente pruebo la calidad del texto por su desequilibrante eficacia. Es como si pidiera y temiera un puñetazo: lo pidiera por lo bien q se asesta; lo temiera por lo bien que se asesta.]

    Comentario por Josemi — octubre 6, 2010 #

  3. Decía Borges que todo destino consta en realidad de un solo momento, aquel en el que el hombre sabe para siempre quién es.
    Sin duda conoces y reconoces el tuyo y eso es de enhorabuena, brindis y “palmas” para seguir componiendo historias…

    Comentario por Brua — octubre 6, 2010 #

  4. Otra vez en el charco, te echabamos de menos.

    Comentario por morito — octubre 6, 2010 #

  5. Hola.

    Ke paso?

    Espero que todo bien.

    Pasame tu movil , tengo que llamarte

    Comentario por Kroma — octubre 6, 2010 #

  6. Pásame tu dirección y te mando una fregona y un par de valletas. que no hay nada como eso para pisar suelo de nuevo.

    Comentario por Raúl Reig — octubre 7, 2010 #

  7. El que no pertenece a nada es el más libre

    Comentario por ll — octubre 8, 2010 #

  8. muy bueno!!! me parece brutal tu escrito

    Comentario por jordi rubio — octubre 10, 2010 #

  9. A algunos humanos con cierta capacidad de comprender la vida, a veces ésta sólo nos deja la opción de vivir sin más. No importa si en el horror de la rutina o en el temor de la improvisación. Ambos sabores pueden llegar a ser muy parecidos…Ánimo y esperemos que mañana salga el sol.

    Comentario por David — octubre 13, 2010 #

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