Diedro central de Spiejoles.

Cada vez que tengo que rellenar un documento oficial escribo con la letra y el empeño de un colegial, pero leer la tercera casilla me provoca un pensamiento travieso. Leo Sexo y tengo un momento de confusión ¿seré Masculino o Femenino? ¿seré Hembra o Varón? Pero lo que me apetece de verdad es poner: Grande.

El centro de vacunación internacional de una pequeña ciudad de provincias es un lugar tan bueno como cualquier otro para pasar la mañana. Tienen la calefacción a temperatura de invernadero mediterráneo, el personal está lo suficientemente desocupado para entretenerte con una buena charla y suceden cosas que bien podrían ocurrir en el baño del bar del barrio. La doctora vestida con una camisa de rayas rosas por debajo de la bata defiende el sistema que da de comer a sus hijos. Su charla es un relato escalofriante sobre las enfermedades que diezman a la población en cuanto sacas el pie de nuestras fronteras sanitarias. Mientras parlotea a la vez que coloca los bolígrafos de su mesa creando diferentes formas geométricas, yo pienso en gigantescos mosquitos anofeles dándome por el culo en una selva tropical. Me saca del horror su descripción minuciosa de las virtudes de los collares antiparasitarios de animales utilizados en el hombre para prevenir las picaduras de bestias minúsculas que pueden acabar con un elefante. La señora realmente tiene talento para la literatura gótica, disfruto escuchando, haciendo preguntas y reforzando sus puntos hasta que un sms me despierta de la dulce lección de mundo civilizado. Christian me invita a unirme a ellos para una ascensión invernal del diedro central de Spiejoles en el valle de Ô. “Señora, gracias por la explicación pero píncheme rápido que tengo que estar en Francia en cuatro horas.”

Con las tiritas de las vacunas todavía en sendos hombros comienzo el cuarto largo del diedro, una línea de hielo encajada en la perfecta roca granítica  que se estrecha hasta difuminarse en la vertical hacia la cumbre. Christian ha hecho un primer largo de 80 metros para dejar espacio a la segunda cordada: Vincent y Remi, con el segundo clavando sus Nomic a escasos centímetros de mis gemelos. Es un gran placer estar con amigos en una montaña remota, fría y estética; hay en todo esto un bello ambiente de fiesta, de aventura adolescente. Ravier me alcanza la bandolera con el material y me golpea el hombro cariñosamente mientras observo el largo con intimidación. El diedro es perfecto en los 150 metros finales, es vertical y una fina línea trazada sobre el espejo de granito se estira hasta reducirse a nada. Es un corredor de un puño de ancho, lo que los franceses llaman goulotte pero en la versión diminuta de las bestias de la doctora. En la pared hay pequeñas escamas para colocar las puntas de los crampones, los piolets van clavados uno por encima del otro en el hielo, apenas las puntas para no fracturarlo. Ravier me anima Alé Simón, Alé. Es un buen compañero, uno de esos tipos con el que construirías una casa o viajarías al Polo Sur. Por el aire denso, hinchado de frío, surca una chova. El sol de la primera tarde realza los costillares del Quayrat, no hay nadie a kilómetros a la redonda, solo mis amigos.

 

Ficha técnica:

Ascensión del diedro central de la cara norte de los Spiejoles (300 mts, M6).

Realizada con Christian Ravier, Rèmi Laborde y Vincent Seger el 26 de enero de 2012.

Dos horas y media de aproximación hasta el refugio de Espingo y tres horas y medía hasta pie de vía. 6 horas para la escalada y descenso tranquilo acompañados de un grupo de sarrios en dos horas desde la cumbre al refugio.

Fotos en mi página de Facebook: Simón Elías Barasoain.

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