en Simón Elías

Arderán los estandartes

Te das cuenta de que has llegado a Cataluña cuando empiezas a pagar peajes de autopista. Hace unos días, un militar español con más cañones que modales dijo que si Cataluña se independizaba, irían a reconquistarla con los tanques. Los catalanes, que son muy dados a reírse de sí mismos, dibujaron a los carros de combate pagando peaje antes de bombardear Barcelona.

Cuando llegué a la capital sentía el ambiente sublevado. La estelada ondeaba en muchos balcones y la gente de la calle desprendía un halo de optimismo e ilusión, como si la independencia les fuese a librar de seguir siendo gobernados por Nestlé o Monsanto. Quizá la idea de reducir el espacio en la forma de gobierno es acertada, y también compartir bares y acera con los que toman las decisiones para poder pedirles explicaciones y partirles la cara, llegado el caso. Reducir la comunidad autónoma al Estado, el pueblo al Estado, la familia al Estado pero principalmente hacer del individuo su propio Estado, puede ser una buena iniciativa. Un individuo íntegro y honesto que se gobierne primero por él mismo y luego bajo cualquier bandera. Quizá le estemos dando demasiada importancia a los estados y lo que deberíamos hacer es simplemente obviarlos.

Seguramente que en todo este proceso de lucha por la soberanía, esos tipos encantadores del valle de Arán están esperando la ocasión para defender su lengua, su cultura y su rentable negocio turístico frente a los urbanitas de Barcelona o los agricultores de Tortosa. Así continuará la imparable cadena de la independencia reduccionista hasta alcanzar límites que ni siquiera una mente tan desatada como la de Alfred Jarry hubiese podido imaginar.

Llegaremos al punto que el brazo derecho no querrá compartir tronco y cabeza con el brazo izquierdo. Entonces se manifestará y se proclamará rebelde e independiente. Cuando el Cuerpo-Estado juegue al mus, el brazo izquierdo enseñará sus cartas a los contrincantes e  introducirá un inmundo dedo índice en la nariz del Cuerpo-Estado cuando éste dé clases magistrales de ciencias políticas en la UPC.

Lo que sería realmente preocupante es que, en vez de intentar independizarnos, quisiéramos echar a alguien. Podríamos, por ejemplo, expulsar a algunas provincias manchegas por tener poco sentido del humor o demoler los feos pueblos riojanos de la ribera del Ebro por atentar contra los valores básicos de la estética. Deberíamos echar a los sorianos que nunca ganan ningún evento deportivo ni tienen festejos de proyección internacional. Si nos quitamos a los sorianos de en medio, los de más al norte ahorraríamos dos horas para llegar a Madrid. Al fin y al cabo, pienso que deberíamos crear un Estado donde sólo pudiesen obtener la ciudadanía aquellas personas que sepan contar buenos chistes. Los demás fuera, a la puta calle. Luego esperaremos a que se independicen los especializados en chistes de vascos o de aviones. Porque ellos son diferentes.

Bien diferente es la situación en el sur. Según el diario El Mundo, uno de cada cuatro parados españoles es andaluz. Pero en el sur se toman las cosas con mucha gracia y en este recorrido en el que he vivido momentos notables de la historia de España, he visto catalanes sufriendo en silencio por su independencia y andaluces muriéndose de risa ante su desmoronamiento. Nada más llegar a Granada vamos a comer a una terraza. Un negro estupendo nos toma la comanda mientras dos gatos ronronean entre las mesas. Un rastafari pide una caña y dice al propietario: -“Pissssa, quer gato pardo se ma comío una tapa de solomillo”. El dueño del local devuelve el vacile:  -“Ay, los alternativos, antes comíais tofu y ahora solomillo”. Almorzamos opíparamente por nueve euros y cuando nos marchamos, el dueño del local nos agarra del brazo y nos dice con complicidad, sin levantar la voz:  –“Cuidado con los demócratas que os van a dar de hostias”.

Granada es una ciudad abierta al mundo que cuenta con todo tipo de infraestructuras. Incluso ha sido una de las primeras de España en instaurar un botellódromo, una especie de Coliseo del alcoholismo juvenil. Es un recinto dotado de unos servicios mínimos como bancos, urinarios y policía local. No sabemos si dentro de los servicios mínimos también se incluyen camellos, prostitutas meticulosamente higienizadas, ambulancias y árboles de plástico en los que vomitar. En un lugar así aterroriza pensar en lo que serían los servicios máximos.

En un primer vistazo a las instalaciones se echa de menos un ring donde machos tardoadolescentes peleen por hembras que arengan desde sus minifaldas. Parece que los principales usuarios son jóvenes universitarios, aunque hasta la fecha  ningún título oficial es requerido para entrar. Tiene un horario de once de la noche a cinco de la mañana, de jueves a sábado, aunque puede que también sea legal beber entre semana, siendo parado y teniendo más de cuarenta años.

Esperamos que, en breve, la corporación municipal equipe las zonas de cruising de los alrededores de la ciudad. Esos lugares polvorientos donde, principalmente, hombres efectúan rápidas transacciones sexuales sin ningún tipo de protección frente a los elementos. ¿Cómo pueden realizar esas veloces felaciones bajo el sol plomizo de Granada? Ojalá que en esta o en la próxima legislatura, el ayuntamiento equipe esos descampados insalubres con toldos y escupideras.

Y así podríamos seguir por la gran diversidad de este país o cruzar el Mediterráneo y encontrar tantas diferencias como similitudes con nuestros hermanos o vecinos. Trazaríamos puntos de encuentro, disputas económicas, compadreos de sangre o distancias abisales. Y terminaríamos entendiendo que el mundo es un variopinto lugar divertido antes de dejar cantar a Alberto Porlan: “Estos sellos que infectan los graves pasaportes / estos hitos mojones barreras y alambradas / estas líneas de puntos que torturan los mapas / ni un punto de armonía han aportado al mundo / ni una coma de amor o de decencia”.

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