El vino como arma defensiva

“Las palomas amputadas de Londres son como las palomas amputadas de todas las ciudades”.

Antonio Alfaro Sánchez.

En Londres la gente se despierta por la calle, a media mañana, cuando les deslumbran los focos de un escaparate. Los amaneceres son tan oscuros, el cielo es tan plano y gris, que puedes estar cruzando una calle a punto de ser atropellado por un autobús –sí, estos tipos conducen por el otro lado- y creer que continúas en un sueño. En Londres, durante el otoño, parece que se hubiesen olvidado de encender la luz.

A las seis de la tarde voy a comprar a Stoke Newington, en el norte de la ciudad. Me demoro por el camino frente los escaparates de las tiendas, hasta que encuentro una ferretería donde curiosear motosierras y tijeras de podar, que es lo que hacemos los de pueblo cuando viajamos a la ciudad. Miramos ferreterías, hacemos cuentas con los dedos para convertir a euros el precio de las chuletas de cerdo y calculamos cuánto vino podríamos comprar con 20 libras. Para un hombre de campo el mejor análisis de un Estado siempre es a través de las herramientas, el cerdo y el vino.

Cuando voy a entrar al supermercado un tipo sale corriendo y me empuja con violencia. Tres guardias de seguridad le persiguen. El tipo, blanco, con sobrepeso y con un corte de pelo militar blande dos botellas de vino. Una en cada mano, como martillos, bates o simplemente como botellas. Un vino chileno que vale seis libras el litro y que, sin lugar a dudas, es mejor utilizarlo como arma defensiva que como acompañamiento de la cena. Los empleados de seguridad son negros y rodean al tipo que mueve los brazos como aspas de molino mientras repite: -“Venga, hijos de puta, acercaros, acercaros”. Una de las botellas roza peligrosamente la cabeza de un empleado. Otro graba un video con su teléfono móvil. Los viandantes ni siquiera vuelven la cabeza.

Metropolis es un club de caballeros en Hackney. Se define como “el primer lugar de bailes desnudos del Reino Unido…  donde primero fueron los bailes en la ducha, luego las pistolas de agua y ahora nuestros clientes  pueden  acceder al túnel de lavado, sentarse en el  coche playero y ser entretenidos por chicas de su elección”. “Atención, advierten, ahí adentro la cosa se pone jabonosa”.  Pero el sábado a la noche en Metropolis no había cuerpos desnudos sensualmente enjabonados  y sí mucha ropa extravagante para la fiesta Starts in their creapy little eyes, un evento que coincidía con la celebración de Halloween y que fue frecuentado por modernos y modelos. Este reportero estuvo recorriendo los tres pisos del local y tomando nota de lo que allí ocurría: Un grupo disfrazado de la banda The Mamas and the Papas simulaban actos de fornicación, con las pellizas de cuero y borrego puestas, en el escenario del primer piso. El hombre invisible paseaba inadvertido cerca del túnel de lavado. El tercer piso es una playa de arena blanca con fotos de palmeras en las paredes y catres inmensos donde poder magrearse con todo el equipo del Chelsea    -suplentes incluidos-. Junto al camello de madera y latón de la barra, un tipo disfrazado de Elthon John se pintaba  los incisivos superiores con un rotulador negro para simular el diastema del cantante británico.  Un dj calentaba los platos, vestido de princesa con las piernas peludas. La playa estaba en el estadio más elevado de la lujuria y todavía no eran las doce de la noche. Allí estaba Freddy Mercury con su minifalda de cuero, unas gigantescas tetas postizas y su plumero. Cruella de Vil miraba a hombres y mujeres con apetito. Un indio apache besaba a un policía mientras sus amigas gritaban: -“chúpasela, chúpasela”. Este reportero se fue pronto a casa, avergonzado de la poca decencia protestante, santiguándose por medio del barrio pakistaní.

 

El interior del autobús de dos pisos parecía una fosa común. Un negro iba de pie, vestido con un mono blanco cubierto de sangre, como si le hubiese cortado la aorta a un mamífero de gran tamaño. Había varios zombis tan borrachos que casi parecían personas normales. Abundaban los muertos de verdad, cadáveres alcoholizados, que se agarraban precariamente a las barandillas, tratando de contener el vómito. Un grupo de chicas hacía otra ronda de bebidas mientras reían tan alto que, de haber estado en un país mediterráneo, las hubiéramos llevado al médico. Un mulato cantaba y hacía pasos de baile con unas zapatillas deportivas mugrientas. Cuando el autobús tomaba una pronunciada curva a la derecha, alguno de los pasajeros del lado izquierdo se desplomaba en el pasillo. Y viceversa con las curvas a la izquierda.

Eran cerca de las tres de la mañana cuando caminaba entre los árboles y las casas bajas de Stoke Newington, con los cuellos de la chaqueta subidos, el gesto encogido por el viento y las manos en los bolsillos. La luz de las farolas recreaba apariciones marianas sobre la espesa niebla, las hojas de los plataneros patinaban peligrosamente. La calle Norcott Road tiene aceras estrechas y casas de tres plantas en las que brillaban  luces furtivas de lectores insomnes. Refulgía el destello de una televisión en un segundo piso. Una pareja se besaba en el primero, descuidados en su pasión, de correr las cortinas. Este es un lugar inhóspito que incita al crimen, a tocar la guitarra o a enamorarse. Quien la vive, la quiere olvidar. Quién ha estado allí, piensa con nostalgia que fueron sus mejores años. Los que nunca han estado, la desean. Londres no es una ciudad, es una esperanza, un circo o una prisión.

 

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