Expaña

El día de la huelga general había más de veinte cordadas en la cara sur de Montserrat, doce según fuentes del gobierno. En el restaurante de la Vinya Nova familias y grupos de amigos comían con opulencia en este fin de semana improvisado. Según un camarero del local, hoy había llamado más gente para reservar mesa que durante un festivo.

Esta actitud tan desenfadada de los españoles que aprovechan un día de huelga para escalar, jugar al golf o pegarse una comilona con los amigos, puede revolver el estómago de cualquier reaccionario pero, en realidad, es la resistencia pasiva de la cultura mediterránea. Hay que sentarse a la mesa y contar las penas primero, no vaya a ser que el otro comensal te pida dinero. Hay que contar las penas con humor, con un mínimo de escenografía, para que la desgracia tenga su argumento y vaya bajando el tinto en el porrón. Con el aceitito en el pan, la ensalada con sus espárragos, la merlucita poco hecha y el vino de trago largo podemos resistir siglos.

Quizá hubo un momento en que esto fue un país pero ahora se ha convertido en un teatro tragicómico. También en una  calle oscura de arrabal donde salir desvalijado. En menos de un mes el que suscribe ha recibido más de media docena de proposiciones para trabajar sin cobrar. Las ofertas para trabajar a bajo precio han superado la docena. Parece que las reglas están cambiando, que el concepto de país, de bienestar y de trabajo ya no es el que era. El cocinero Sergi Arola escribía hoy mismo en su blog que “España ya no es de los españoles”, mientras defendía su derecho a no hacer huelga. Quizá, a partir de ahora, deberíamos referirnos a la piel de toro como Expaña. Algo que nadie sabe si fue, pero que con seguridad hoy no existe.

Hace unas semanas la directora de un conocido medio de comunicación digital se puso en contacto conmigo para pagarme un trabajo entregado dos meses atrás. Al señalarle su falta de sensibilidad por no responder los correos electrónicos y pedir el pago de mi trabajo que consistía en un reportaje de 4.000 palabras y más de una docena de fotografías, ella me respondió: -“¿Qué te parecen 70 euros?”. A lo que el que suscribe replicó: -“Me parece excesivo”.

Tal y como están las cosas y saliendo proxenetas de donde menos te lo esperas (cultura, deporte…) no queda otra opción que utilizar ese humor tragicómico de los mediterráneos. Cuando hace unos días le pregunté a un amigo, que llevaba varios meses sin cobrar, cómo le iba, respondió: -“Todo va genial. Yo hago como si trabajo y ellos hacen como si me pagan”.

Quizá ya no sea suficiente con reírnos, con no votar o con desobedecer. Quizá lo que tenemos que hacer es largarnos. Hacernos ingleses, marroquís o incluso franceses, dejar que la infección acabe con todo y nos devuelva el país.

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