Un jersey blanco

Durante el último mes he estado a punto de morir en un accidente de montaña, he viajado hasta una ciudad lejana para dejar a una mujer que no era mi novia, he estrellado el coche nuevo de mi antigua compañera y me he comprado un jersey. Borges decía que “los hechos memorables prescinden de frases memorables. Un hombre a punto de morir quiere acordarse de un grabado entrevisto en la infancia; los soldados que están por entrar en la batalla hablan del barro o del sargento”. El jersey es precioso, es entallado y largo, por debajo de la cintura.

Cuando las cosas van bien recurro al alcohol y al hachís que son depresivos, no vaya a ser que me venga arriba y, de tan simpático, acabe en un programa de televisión. Cuando van mal me encierro en la literatura. Comienzo leyendo cómics y acabo con Manuel Jabois. Escribió el gallego, en un libro digno de calzar muchas mesas, que hace años ligó con una morena que no le respondía los mensajes. Le escribió en varias ocasiones, cada vez más desesperado, hasta que, ante la falta de respuesta, decidió tomar “una decisión memorable”: dejarla. Si alguno de los lectores tiene que tomar una de estas decisiones memorables respecto el amor, le recomiendo lo siguiente: antes de la cita viaje usted a Kampala, capital de Uganda, y pase tres días bailando a Leonard Dembo. Por la noche, encámese con veinteañeras de pieles como el ébano y pechos frutales. Vístase, regrese usted a casa, siéntese en el sofá y, cruzando las piernas parsimoniosamente, pregúntese de nuevo por el amor.

Cuando Don Whillams fue a escalar una peligrosa montaña del Himalaya, leía por las tardes un libro sobre la cría de peces tropicales. Iñaki Uriarte estuvo en la cárcel, hizo una huelga de hambre, asistió a un moribundo y fabricó una bomba. Todo le sucedió “en una vida en general muy tranquila, pacífica, sin grandes sobresaltos”. Arthur Cravan actuó en mil novecientos catorce en un local de París. Ataviado con una camisa de franela muy escotada, un cinturón rojo, un pantalón negro y ligeros escarpines, recitó poemas, bailó y boxeó. Antes de comenzar realizó unos disparos de pistola. Luego elogió a los deportistas, a los homosexuales, a los ladrones del Louvre y a los locos. De vez en cuando, lanzaba a la sala enérgicas injurias. Tener ejemplos así, apilados en la estantería, hace que todo sea un poco más esperanzador.

Cuando las cosas van mal también recurro a los bares. Durante un periodo oscuro,  encontrar a tu padre borracho en un lugar de alterne puede ser esclarecedor. El otro día, al pedirle a una amiga que me enseñara las tetas, respondió: -“me lo he prohibido. Cada vez que enseño los pechos a un hombre, veo en sus ojos el pánico de haber salido de casa de su madre”. Cosas como esta no tienen precio cuando uno está buscándose a sí mismo. Pero en el momento en que todo se está poniendo realmente mal, como cuando le devuelves el coche a tu exnovia un metro más estrecho, lo mejor siempre es volver a la montaña. Ordenar los mosquetones, extender las cuerdas y colgar de una pared con un martillo. La respuesta obedece a una lógica aplastante: más allá de los sublimes paisajes, la tranquilidad, el esfuerzo y todas esas chorradas, siempre quedarán unos días sin gastar salud en los planes anteriores. Dicen que la montaña es una escuela de carácter. Algunos sabemos que también es un centro de desintoxicación.

 

 

 

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