Arresto domiciliario

Durante el invierno Logroño parece una película de Berlanga sin humor. El único interés está en los bares y en una pequeña montaña de 2.271 metros de altitud llamada San Lorenzo. En los últimos tres días he subido cuatro veces a la cumbre. Por las tardes me encierro en casa y paso las horas en un angustioso arresto domiciliario. Ceno, lavo los platos, me siento a escribir, me voy a la cama. No tengo sueño, me levanto, “¿he fregado los platos?, Sí”; me siento a escribir. Es como pasar un delirium tremens intentando llevar una vida normal.

Pongo la radio y me concentro entre los libros. Si suena un mensaje, escondo el teléfono debajo de un cojín; si es de una chica, lo tiro por el retrete. Leo sobre mapas renacentistas y cuando me siento solo llamo a operadoras de telefonía móvil. La vida se convierte en un rincón solitario donde una voz exótica ofrece un sinfín de ofertas y descuentos.

Me asomo al balcón y veo una masa de seres oscuros que se mueven por la calle. Miro al cielo y maldigo la estupidez del mundo, en especial toda la que yo he acaparado. Cuando estoy en el campo trabajo con taladros inalámbricos, brocas de diferentes calibres, herramientas de precisión y pegamentos de dos componentes. En mi casa, si tengo que cambiar una bombilla, llamo a los bomberos.

Debería haber una ley escrita que prohibiese a los alpinistas quitarse los crampones. Tipos como yo, a nivel del mar y sin atar, somos un serio peligro. Recuerdo el argumento de una película de aventuras en la que, tras peligrosas exploraciones, los protagonistas regresaban con un salvaje a Nueva York. Recuerdo la imagen del pobre tipo peinado con raya a un lado, luciendo un traje gris con chaleco, intentando utilizar los cubiertos sobre una mesa colmada de vajilla y me sobreviene una punzada de tristeza.

Ya a mediados del siglo XVI, Juan León Africano, viajero y geógrafo árabe, previno contra los montañeses pues son “bestiales, ignorantes y ladrones, nunca pagan nada que se les dé a crédito. Los cornudos están en mayoría; a todas las muchachas se les permite tener amantes con anterioridad al matrimonio y gozar la fruta del amor, y el padre mismo mima al querido de la hija, o el hermano al de su hermana, así que ninguno le entrega al marido su virginidad; también es cierto que, una vez casadas, sus amantes se abstienen de cortejarlas y se dan a otra. La mayor parte de ellos no son mahometanos, ni judíos, ni creen en Cristo; es gente sin fe y, no ya sin religión, sino aun sin sombra de ella, así que no rezan ni tienen templos, sino que viven como animales…”.

Cierto es que algunos montañeses vivimos como animales, sin religión ni ley que nos gobierne. Cierto también es que gozamos de la fruta del amor y nos embriagamos con vino y licores. Verdad es que pasamos las noches al raso y no damos importancia a la desventura ni al devenir mundano de las cosas. Este sentimiento numantino del que vive en la montaña,  es el que lleva al antropólogo David Le Breton a afirmar: “Caminar, en el contexto del mundo contemporáneo, es una forma de nostalgia o de resistencia”.

Hace unos días me pidieron que felicitase las fiestas a los lectores de una revista con la que colaboro. El encargo me produjo un cierto sonrojo, encerrado en mi cueva,  pensando si podría hacer una hoguera con la butaca. Me senté a escribir, fregué los platos y me fui a la cama. No tenía sueño. Me levanté, “¿había fregado los platos?”, y entonces se me ocurrió: “Queridos lectores, si están ustedes tan lejos que no saben que hoy es Navidad. Muchas felicidades”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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