Nairobi. Vida entre los negros.

Parece lógico pensar que las aerolíneas comerciales transportan a los pasajeros junto a sus equipajes, pero esta máxima no se aplica en algunos destinos africanos. Tras aterrizar en el aeropuerto de Nairobi, más de cien personas improvisábamos una fila caótica y desconcertada frente a la caseta de equipajes perdidos. Allí un funcionario sonriente repartía formularios y, ante el enfado de algunos clientes, señalaba un cartel junto al mostrador que decía: “Viajar es un ejercicio estresante, por favor no lo proyecte en los empleados”. Y es que el turismo, lo escribió Guy Debord, es “esa droga popular tan repugnante como el deporte o comprar a crédito”.

Si hay un lugar que tenga la capacidad de ser a  la vez el cielo y el infierno tiene que ser Nairobi. Divertida y peligrosa, apestosa y fascinante. Alejada de cualquier alarde estético y cargada de belleza. Una ciudad improvisada que da pasos señoriales con los pies hundidos en el barro. Durante los últimos días se ha intensificado la  campaña electoral en el país -en las últimas elecciones murieron 1.300 personas- y el centro administrativo es recorrido por masas de hombres y mujeres que agitan, enfebrecidos, ramas o carteles con las efigies de los líderes de su partido. Nairobi intenta ser moderna y ha prohibido fumar en los espacios públicos, calles incluidas. Se puede echar un poco de humo en esquinas designadas en los numerosos parques de la ciudad, donde los hombres apretamos el cigarrillo con el nerviosismo del drogadicto y miramos a los lados como si en cualquier momento fuese a venir nuestra madre a regañarnos.

A doce kilómetros del centro de Nairobi está el suburbio de Githurai. Una comunidad que progresa lentamente, levantando edificios de bloques de hormigón entre el barro y las chabolas. Según los cálculos bastante imprecisos del gobierno, alrededor de cuatrocientas mil personas viven en este lugar delimitado por los múltiples carriles de la Thika Superhighway. La mitad de la población vive por debajo de la línea de pobreza. Este es el típico barrio que señalan los guías turísticos desde la autopista como un lugar poco recomendable. En Githurai no hay calles asfaltadas. Los huecos entre las edificaciones son extensos barrizales donde los peatones chapotean sin miramientos. Las mujeres, altas, esbeltas, de una belleza turbadora, sortean con cuidado las zonas más profundas. En el mercado, bajo los carriles de la autopista, se pueden comprar demasiadas cosas por un dólar. El salario de una jornada no supera los cinco dólares y una mamada cuesta poco más que un tubo de pasta de dientes. El SIDA campa a sus anchas mientras los locales mantienen una frenética actividad sexual. De lunes a sábado se vive en el pecado; los domingos se redimen en las numerosas iglesias cristianas del barrio, donde se canta y se baila con la misma intensidad que en los bares. Aquí la vida no se compra ni se vende, se regala.

León Africano dejó escrita su visión del interior del continente hace cinco siglos: “las mujeres son muy gruesas y carnosas, pero no muy blancas, con traseros llenísimos, gordos, así como los pechos, que llevan bien ceñidos, pero de cintura estrecha. Son agradables tanto sus razonamientos como sus manos acariciantes y a veces tienen la amabilidad de dejarse besar, si bien es peligroso ir algo más allá, ya que por esos motivos se dan muerte a unos y otros sin piedad”. Parece que las cosas no han cambiado tanto.

Me alojo en la habitación treinta y siete del hotel Ebony Eye, no muy lejos de la plaza central de Githurai, donde llegan los autobuses desde el centro con sus potentes equipos de sonido lanzando vatios de reggae y hip hop. Tengo una habitación en el tercer piso y, pese a estar ocho metros por encima del resto de edificaciones, las ventanas están protegidas por gruesas rejas metálicas. Durante el día no hay agua. Hay que lavarse de madrugada o esperar a las cinco de la tarde. Los cortes de electricidad son habituales y, quizá por la falta de agua, los hombres pasan el día bebiendo cerveza tibia. La habitación tiene una cama de madera, dos condones escondidos sobre el marco de la ventana y un baño sin espejo. Cuando he cambiado de habitación unos días después de mi llegada, he comprobado con suspicacia que también había dos condones escondidos sobre el marco de la nueva ventana.

Charles tiene veintinueve años y es guía de montaña. Si no está trabajando en el Monte Kenia o Kilimanjaro está en Githurai. Me encuentro aquí gracias a este joven de la tribu de los kikuyu con el que me une una intimidad especial: hemos bajado juntos a un hombre moribundo desde las faldas del Monte Kenia hasta el hospital más cercano. Charles y sus hombres cargaban la camilla, en una nueva demostración de la fortaleza del hombre negro, mientras yo transportaba las mochilas. Fueron días de trabajo intenso en la montaña con un hombre al borde de la muerte que negaba continuamente su estado. Este reposo en Githurai es un regalo antropológico. Charles es mi sombra. Me acompaña y me protege. Nadie sabe cuándo fue la última vez que un hombre blanco caminó por estas calles embarradas por las que ni siquiera transita la policía.

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