en Simón Elías

Nairobi. Vida entre los negros.

Parece lógico pensar que las aerolíneas comerciales transportan a los pasajeros junto a sus equipajes, pero esta máxima no se aplica en algunos destinos africanos. Tras aterrizar en el aeropuerto de Nairobi, más de cien personas improvisábamos una fila caótica y desconcertada frente a la caseta de equipajes perdidos. Allí un funcionario sonriente repartía formularios y, ante el enfado de algunos clientes, señalaba un cartel junto al mostrador que decía: “Viajar es un ejercicio estresante, por favor no lo proyecte en los empleados”. Y es que el turismo, lo escribió Guy Debord, es “esa droga popular tan repugnante como el deporte o comprar a crédito”.

Si hay un lugar que tenga la capacidad de ser a  la vez el cielo y el infierno tiene que ser Nairobi. Divertida y peligrosa, apestosa y fascinante. Alejada de cualquier alarde estético y cargada de belleza. Una ciudad improvisada que da pasos señoriales con los pies hundidos en el barro. Durante los últimos días se ha intensificado la  campaña electoral en el país -en las últimas elecciones murieron 1.300 personas- y el centro administrativo es recorrido por masas de hombres y mujeres que agitan, enfebrecidos, ramas o carteles con las efigies de los líderes de su partido. Nairobi intenta ser moderna y ha prohibido fumar en los espacios públicos, calles incluidas. Se puede echar un poco de humo en esquinas designadas en los numerosos parques de la ciudad, donde los hombres apretamos el cigarrillo con el nerviosismo del drogadicto y miramos a los lados como si en cualquier momento fuese a venir nuestra madre a regañarnos.

A doce kilómetros del centro de Nairobi está el suburbio de Githurai. Una comunidad que progresa lentamente, levantando edificios de bloques de hormigón entre el barro y las chabolas. Según los cálculos bastante imprecisos del gobierno, alrededor de cuatrocientas mil personas viven en este lugar delimitado por los múltiples carriles de la Thika Superhighway. La mitad de la población vive por debajo de la línea de pobreza. Este es el típico barrio que señalan los guías turísticos desde la autopista como un lugar poco recomendable. En Githurai no hay calles asfaltadas. Los huecos entre las edificaciones son extensos barrizales donde los peatones chapotean sin miramientos. Las mujeres, altas, esbeltas, de una belleza turbadora, sortean con cuidado las zonas más profundas. En el mercado, bajo los carriles de la autopista, se pueden comprar demasiadas cosas por un dólar. El salario de una jornada no supera los cinco dólares y una mamada cuesta poco más que un tubo de pasta de dientes. El SIDA campa a sus anchas mientras los locales mantienen una frenética actividad sexual. De lunes a sábado se vive en el pecado; los domingos se redimen en las numerosas iglesias cristianas del barrio, donde se canta y se baila con la misma intensidad que en los bares. Aquí la vida no se compra ni se vende, se regala.

León Africano dejó escrita su visión del interior del continente hace cinco siglos: “las mujeres son muy gruesas y carnosas, pero no muy blancas, con traseros llenísimos, gordos, así como los pechos, que llevan bien ceñidos, pero de cintura estrecha. Son agradables tanto sus razonamientos como sus manos acariciantes y a veces tienen la amabilidad de dejarse besar, si bien es peligroso ir algo más allá, ya que por esos motivos se dan muerte a unos y otros sin piedad”. Parece que las cosas no han cambiado tanto.

Me alojo en la habitación treinta y siete del hotel Ebony Eye, no muy lejos de la plaza central de Githurai, donde llegan los autobuses desde el centro con sus potentes equipos de sonido lanzando vatios de reggae y hip hop. Tengo una habitación en el tercer piso y, pese a estar ocho metros por encima del resto de edificaciones, las ventanas están protegidas por gruesas rejas metálicas. Durante el día no hay agua. Hay que lavarse de madrugada o esperar a las cinco de la tarde. Los cortes de electricidad son habituales y, quizá por la falta de agua, los hombres pasan el día bebiendo cerveza tibia. La habitación tiene una cama de madera, dos condones escondidos sobre el marco de la ventana y un baño sin espejo. Cuando he cambiado de habitación unos días después de mi llegada, he comprobado con suspicacia que también había dos condones escondidos sobre el marco de la nueva ventana.

Charles tiene veintinueve años y es guía de montaña. Si no está trabajando en el Monte Kenia o Kilimanjaro está en Githurai. Me encuentro aquí gracias a este joven de la tribu de los kikuyu con el que me une una intimidad especial: hemos bajado juntos a un hombre moribundo desde las faldas del Monte Kenia hasta el hospital más cercano. Charles y sus hombres cargaban la camilla, en una nueva demostración de la fortaleza del hombre negro, mientras yo transportaba las mochilas. Fueron días de trabajo intenso en la montaña con un hombre al borde de la muerte que negaba continuamente su estado. Este reposo en Githurai es un regalo antropológico. Charles es mi sombra. Me acompaña y me protege. Nadie sabe cuándo fue la última vez que un hombre blanco caminó por estas calles embarradas por las que ni siquiera transita la policía.

11 Comentarios

  1. La última vez que el hombre blanco camino por allí fue hace poco más de un mes, cuando fui a visitar a la que fue mi familia de acogida durante más de ocho meses y medio que estuve viviendo en Githurai Kimbo, en el Githurai profundo, no en la zona del mercado. Trabajé allí en una ONG dedicada a la gente joven, y en ella continuamente recibíamos a extranjeros de todas las partes del mundo, incluidos blancos, así que esas embarradas calles no están tan desacostumbradas a las huellas de las zapatillas “blancas”. De hecho, me gusta mucho tu descripción de y del barrio que fue mi hogar durante más de medio año, pero discrepo diametralmente en tu definición de la sexualidad en Githurai, yo no vi rastro de prostitución ( no digo que no la haya, porque la hay) pero desde luego la visión que tú das en tu artículo de un barrio de perversión y degradación no se ajusta en nada con una realidad en la que se pueden destacar otras muchas cosas como la frescura de las frutas y verduras en el mercado, la calidad de la mayoría de la gente, el sinfín de cosas que desde nuestro mundo “civilizado” nos parecen inverosímiles o la sensación de libertad que puedes lograr paseando por sus abarrotadas calles. Evidentemente cuando se escriben unas experiencias de viaje hay que contar las cosas adornandolas con un poco de emoción pero no reduciendo a todo un barrio,de cuatrocientas mil personas, a poco más que prostitutas y borrachos ( y UN guía de montaña)

  2. Secundo la opinión de Empanadilla y no entiendo la recriminación de Ramon y David. Acaso cuando uno lee una entrada en un blog solo debe escribir si el artículo le generó algún sentimiento positivo? Y si no, a callar?

    Como ya Empanadilla menciona, es muy común que los equipajes viajen en diferentes aviones que los pasajeros en los aeropuertos “blancos” de los europeos. De hecho la única vez que he tenido problemas con equipajes fue viajando de Frankfurt a Estocolmo.

    Nairobi, al igual que casi cualquier capital del mundo, cuenta con hoteles como Hilton (por cierto, según google a unos 127 dolares la noche, algo que seguramente Elias podría pagar) y dudo que el siguiente hotel en calidad/precio fuera la pocilga en que se quedó.

    En cuanto a “cuando sería la última vez que Githurai haya visto a un hombre blanco”, no creo que Elias sea el único que ha ido desde que los alemanes y los ingleses se fueron de Kenya, especialmente quedando a escasos 12 km de Nairobi (Wikipedia).

    En definitiva, no solo un fallido intento de escribir un artículo de calidad, lleno de clichés y lugares comunes, sino una muestra mas del sentimiento de superioridad que nos invade como hombres blancos, sino un artículo francamente ofensivo y racista. Una vergüenza.

  3. Se ha dicho algo malo de Nairobi en este articulo ?
    Para escribir hay que tener ingenio y creo que Simón lo tiene. A mi me gustan sus articulos, me gusta su estilo .

    Creo que tu critica es algo dura “Empanadilla” y te has ido al plano de lo personal ..”No sé si piensas que cuanto más cutre más auténtico o si es que si no no hubieras tenido nada que contar…”

    Porque no nos cuentas tu algo de Nairobi ? o haces un blog para que sigamos tus corredurias cuando tengas cobertura

    Espero seguir leyendo tus articulos Simon, me rio, me entretengo y me lo paso bien. Eso es lo importante

  4. Yo ahoramismo estoy en Nairobi. Llevo viniendo desde 2005. Mi primera vez fue para subir el Monte Kenia y el Kili, pero en ese viaje me enganche a trabajar con niños a través de una ONG. No he estado concretamente en Githurai, pero me puedo hacer una idea, puesto que mi lugar habitual es otro slum, el más grande de todo África, Kibera. Acabo de pasar, bueno, estoy, en una situación bastante traumática: tras varios años de trabajo con gente de estupenda de esta comunidad, el pasado domingo, un grupo de unos 10 hombres jóvenes, nos prepararon una emboscada. Nos dispararon, los golpearon, y nos robaron. Este es último, era su único objetivo, no obstante, se les fue de las manos. Yo solo tengo contusiones, pero a mi amiga le atravesaron la zona abdominal con una bala, le rompieron la nariz, dientes, en fin, una tragedia. Ahora, estamos atrapadas entre el pánico y las ganas de que nuestra amiga salga adelante y volver a casa. Sin embargo, nuestra opinión es unánime: estos jóvenes no representan a la gente de kibera. La gente del slum son gente trabajadora, luchadora, qué se vuelca cada vez que vamos y que, ahora más que nunca, está avergonzada de lo ocurrido y que, a pesar de su ubicación, se han volcado en tenernos arropadas. Un auténtico desfile de gente apoyándonos. Ni siquiera culpamos a esos chavales. ¿Porqué hacerlo? Son gente que han recibido tanta violencia, qué la tienen tan cerca, qué pasan hambre, qué viven en la misera, qué su comportamiento ni siquiera es culpa suya. X favor, dejaros de peleas y comentarios sobre buenos y malos … Nairobi y, para mi, las ciudades, son su gente y, a pesar de lo ocurrido, para mi Nairobi, merece la pena, tanto como su gente.

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