Mudanzas

Cerré la puerta y cargué el último viaje de cosas hasta el coche. Paré a despedirme en el bar del barrio y salí de Logroño con la sensación de no pertenecer a ningún lugar. Era un espléndido día de invierno con el cielo azul recortándose sobre la silueta de los Pirineos nevados. No estaba triste, tampoco excitado. Después de veinte años de vida nómada, una mudanza no significa nada. Es un día más: la rutina de meter todo en cajas, la certeza de olvidar algo realmente importante, la distancia entre un punto de partida y otro de destino, y el olor a amoniaco en los urinarios de las gasolineras.

Tengo un coche nuevo. He cambiado mi furgoneta por un viejo todoterreno y unos miles de euros en una de esas formas de gastar el dinero, tan aparentes, que tenemos la gente de montaña cuando bajamos al plano. El nuevo vehículo no supera los ciento veinte kilómetros por hora y consume gasoil como un avión de pasajeros. Ha sido una decisión tan acertada como comprar una excavadora. La conexión entre los altavoces y el aparato de radio está floja y solo consigo un sonido nítido, durante unos segundos, cuando cojo un bache con la intensidad adecuada. Paso trescientos kilómetros buscando peligrosamente oquedades sobre el asfalto con la esperanza de escuchar una canción completa. Cuando casi me empotro contra un camión de harina, decido parar y, en un arranque de confianza en mis habilidades, termino de destrozar el aparato de radio con la navaja suiza. Hago el resto del viaje sin música, conduciendo por mi carril y, al menos, sin ruido.

Paro a tomar un café en una gasolinera. Veo por la tele a los Reyes Magos llegando a una ciudad en barco, veo a los Reyes Magos llegar a otra ciudad en tren y, les veo también, haciendo submarinismo en un acuario gigantesco con sus barbas luengas meciéndose como algas entre peces de colores. Durante otra parada, en la televisión local aragonesa hablan de más de mil personas bloqueadas en una estación de esquí por el viento. Algunos tuvieron que pasar la noche en las pistas. No entiendo porqué los esquiadores no descendieron por su propio pie. Me fascina este aparato que emite imagen y sonido en los bares de carretera con un grado de estupidez solo superado por los televidentes. Si fallan los remontes de una pequeña estación de esquí del Pirineo mil personas quedan aisladas en la montaña ¿qué ocurrirá si un día falla la televisión?

Paro a hacer el amor en una ciudad cercana a la frontera. Ella es maravillosa y yo soy un imbécil. A media noche, mientras abrazo su cuerpo caliente, pienso en escalar paredes heladas y en comer patatas con chorizo. El desorden emocional de los alpinistas es un clásico del gremio que ha espoleado grandes hazañas. Jeff Lowe escaló en solitario y en invierno una gran vía sobre la cara norte del Eiger cuando rompió su relación con Catherine Destivelle. Steve House realizó la primera ascensión en estilo alpino de la pared Rupal del Nanga Parbat con el corazón desolado, luego, durante unos meses, se dio a la bebida. Unos años antes, al regresar de escalar la directa Eslovaca del Denali le dijo a su mujer que nunca había sentido una conexión tan fuerte con otra persona como con sus compañeros. Ella se dio la vuelta, dio un portazo y comenzó su separación. Estos ejemplos son solo una prueba más de que los montañeros estamos en el fondo de la cadena evolutiva. Me despido con la esperanza de que el frío del invierno enfoque mi desconcierto hacia actos insignificantes como escalar paredes de hielo y que la soledad y la ventisca me aporten la valentía necesaria para enfrentar aquello que es realmente importante. Ya en 1924 el  británico Charles Montagne dejó escrito: “escalar rocas es como el resto de cosas en la vida solo que más simple y seguro”.

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