Una casa en la montaña

Mi casa de Chamonix es un regreso a la Edad de Piedra. Cuando enciendo la chimenea, el salón se llena del humo espeso que emanan las maderas secas. Cualquier cosa que cocino se cubre de ceniza y, afortunadamente, desde la sopa a la tartiflette acaban sabiendo a chuletillas al sarmiento. Mi tía dice que no tener chimenea es de pobres pero cada vez que me levanto a buscar un libro me lloran los ojos y estornudo. Aquí, por seguridad, hay que hacer la vida tumbado en el sofá.

Coloco la ropa en el armario del dormitorio mientras escucho una ópera en italiano. El reproductor musical es gris y voluminoso. En la pantalla, una composición de luces de colores construye una montaña sobre la voz del tenor. El reproductor tiene capacidad para cuatro compact disc y dos cintas, pero solo funciona la radio. En las paredes del salón hay un cuadro apocalíptico, una escultura en hierro que asemeja un hombre reflejado en su propia sombra, una fotografía en blanco y negro de la Aiguille des Pelerins, otra imagen en color de la Mer du Glace y, sobre la chimenea, junto a un foco con la lámpara rota, un marco tallado a mano con el cristal partido. La elegante decadencia del lugar, a medio camino entre una cabaña patagónica y un atelier, ofrece un ambiente acogedor. Es como si todos los desperfectos hubiesen sido cuidadosamente diseñados.

El inquilino habitual de esta vivienda es el pintor y alpinista Andy Parkin. Su trayectoria es difícil de abarcar. Dan muestra de ella los libros de viajes, los mapas antiguos, las guías de escalada, la sobriedad del equipamiento doméstico y las pequeñas esculturas escondidas por cada rincón de la casa, realizadas con un trozo de corteza de pino, con una lata oxidada de sardinas o con una piedra cuidadosamente pulida. En una de las esquinas de la estantería hay un libro sobre navegación, otro sobre astronomía y varios fascículos sobre pintura moderna. La imagen en blanco y negro de la lóbrega cara norte de la Aiguille des Pelerins, donde Andy ha escalado sus rutas más bellas, define la estética y severidad del personaje.

Durante el invierno de 1996 escalé dos de las vías  de la cara norte de la Aiguille.  Una con Octavio Defazio y la otra con José Luis Zuluaga. José Luis Zulu fue mi maestro durante aquel invierno de iniciación al alpinismo. Murió unos meses más tarde arrastrado por una avalancha en un pico cercano al Shisha Pangma. Octavio ha sobrevivido a dieciséis años de alpinismo y es uno de los guías más activos del valle. Ayer brindábamos juntos mientras su hijo gateaba bajo la mesa. El tiempo ha pasado, dan prueba de ello las entradas en el pelo y los numerosos vicios acumulados. Hace unos días mi amigo K. proclamó que “te das cuenta de que te estás haciendo viejo la primera vez que te afeitas las orejas”. Todavía no ha llegado ese momento, me basta con crecer mastodónticos pelos en la nariz.

Para salir de casa debo excavar una profunda trinchera en la nieve. El cielo es de un azul marino y las agujas de Chamonix sierran el horizonte. Apoyado sobre la pala puedo ver la cara norte de la Aiguille des Pelerins. Las líneas de hielo dibujan caminos, carreteras, rutas, accesos a una dimensión de la vida que olvidas hasta que no sientes de nuevo los grados bajo cero, la inclinación de la pared y el peso de las herramientas de escalar. Estar aquí es una excusa para seguir jugando al alpinismo. Para volver a la eterna adolescencia y compensar los errores del valle con la supervivencia en la montaña. Cuando pasas suficiente tiempo allí arriba, sabes que todo va bien mientras continúas vivo.

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