Nuevas tecnologías

Desde que he llegado a los Alpes no ha parado de nevar. Las casas se comprimen entre los esponjosos colchones blancos de los tejados y el suelo, que crece por encima de las puertas. Si esto continúa así, para mediados de febrero, nos vamos a mover por túneles como en los aeropuertos.

Ante la cantidad de nieve acumulada preparo el material para salir a la montaña. Una tarea que unos años atrás no requería ningún esfuerzo y que hoy en día supone estudiar una ingeniería pluridisciplinar. Comienzo por comprar una botella de aire comprimido para la mochila especial ABS para casos de avalancha. Si el esquiador se ve sorprendido por un alud, tira de la manilla con su mano derecha (desconozco si hay un modelo para zurdos) y dos globos se hinchan en los costados del artefacto, manteniendo a la posible víctima sobre la superficie de la masa deslizante. Mientras en el exterior de la casa nieva copiosamente sigo las instrucciones: enroscar la botella de aire comprimido, acoplar la manilla (con la que ensayo varias veces el tirón como los paracaidistas), ajustar la faja-arnés, tensar los tiradores… El montaje requiere el orden de una mente científica para no hacer estallar el aparato y acabar con las estanterías de la casa. Cuando estoy dentro del artefacto me doy cuenta de que es una versión pobre del cinturón cohete al que se refirió el periódico ABC como “un mecanismo acoplado a la espalda que impulsa a una persona por los aires”. La revista Time consideró esta máquina, que alcanza los 1.500 metros de altitud y cuesta 86.000 dólares,  uno de los mejores inventos del 2010 y, sin ninguna duda, sería un buen empujón en mi vetusta carrera montañera.

Otro complejo sistema de seguridad es el ARVA. Pese a que Google define el acrónimo como la Asociación de Alcohólicos Rehabilitados de Valladolid, no tiene nada que ver con esta otra pasión de los montañeros. El ARVA es un emisor receptor de ondas que se utiliza para encontrar a una persona enterrada en una avalancha si ha fallado el primer sistema de la mochila con flotadores. Precisa un entrenamiento previo y unos compañeros armados con palas y muy dispuestos.

Los días previos a la salida hay que descargar los itinerarios en el GPS. Estas máquinas inteligentes están ayudando a acabar con la poca materia gris que todavía tenían algunos seres humanos excepcionales. Hace unos días una mujer belga de sesenta y un años llamada Sabine Moreau debía conducir ciento cincuenta kilómetros desde su pueblo, Hainault, hasta la estación del Norte en Bruselas. Escribió el destino en el navegador y dos días después fue denunciada su desaparición. La encontraron en  Zagreb, capital de Croacia, después de conducir 1.450 kilómetros, cuando su hijo dio la alarma. “Estaba distraída, así que continué pisando el acelerador”, dijo la desorientada. “He visto todo tipo de señales. Primero en francés, luego en alemán y finalmente en croata, pero yo continué conduciendo”, relató. O esas historias populares de los coches que llegan a la plaza de Andorra, en la provincia de Teruel, preguntando por las pistas de esquí y las tiendas de electrodomésticos baratos.

Salir hoy  a la montaña es un ejercicio tecnológico que no solo no potencia las habilidades del ser humano sino que las esconde bajo un escudo de máquinas de compleja utilización y elevado precio. En los últimos catorce años han muerto cien guías de montaña franceses mientras esquiaban, escalaban o trabajaban. Una cifra escalofriante para un colectivo que agrupa a mil seiscientos profesionales con el mejor equipamiento. Por eso, pese a las grandes inversiones en investigación y desarrollo, los inventos solo funcionan respaldados por las habilidades con las que el hombre ha recorrido las montañas desde el inicio de la exploración alpina: prudencia, conocimiento, técnica y forma física.

 

Nota: Durante la realización de este artículo no se ha maltratado ningún tipo de artefacto tecnológico.

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