Ser francés

Entro en el bistro con el porte digno de los hijos de la revolución, me apoyo sobre la barra y me atuso los bigotes mientras intento no rascarme el cogote. Pido un pastis de aperitivo y me dan ganas de acompañarlo de un je suis désolé como un poeta romántico, pero el camarero no me va a entender pues abro mucho la boca al pronunciar. Hablo francés como si comiese un bocadillo de mortadela y hay que pronunciar con los labios sensualmente entreabiertos como quien chupa un espárrago. Como no me entiende utilizo esa máxima de: “si usted es extranjero y no le entienden, grite”. Hago todo lo posible por ser francés: Juego a las apuestas de caballos, bebo café solo, como la lechuga sin trocear durante los postres, he cambiado el cerdo por la vaca como animal favorito, miro a los ingleses con desprecio, saludo dando serios apretones de mano y, ante cualquier problema, tomo la Bastilla.

La burocracia gala es una gincana de papeles y entrevistas. Para ser francés es fundamental tener una cuenta bancaria en el país. Para tener una cuenta bancaria hay que tener un domicilio. Para tener un domicilio hay que tener un contrato de arrendamiento. Para tener un contrato de arrendamiento no se puede vivir en casa de un amigo. Por lo tanto yo no existo. Ser siervo de la república es un arduo trabajo, por eso quizá, algunos lugareños lucen su estatus con altiva petulancia. No en vano Nicolas Sarcozy intentó implantar un conjunto de medidas para “cultivar el orgullo de ser francés”. Los niños franceses cantarían al menos una vez al año La Marsellesa en la escuela y los extranjeros deberían firmar un contrato de derechos y deberes con la República. No sé si las medidas llegaron a aplicarse pero están presentes en el corazón de muchos galos. Quizá una de las mejores cosas de ser español es que nunca nos podremos sentir orgullosos por ello.

El mejor lugar para entender el nacionalismo es el exilio. Aquí, en este frío invierno alpino, cada vez que como un trozo de chorizo picante de Sorzano acompañado de un trago de vino de Sotés se me saltan las lágrimas.

A las seis de la tarde los guías de Chamonix esperan a la entrada del histórico edificio de su Compañía la apertura del tour de rôle: La designación por orden de titularidad del trabajo del día siguiente. Algunos guías españoles, colombianos, italianos y argentinos deambulamos por los pasillos del imponente edificio, entre las fotos intimidantes de señores de grandes bigotes ataviados con pantalones bávaros, esperando a que los locales se repartan el trabajo y el jefe-guía nos ofrezca unos turistas a los que pasear por los glaciares. El procedimiento está sujeto a un pomposo protocolo marcado por los rangos como en un campamento de boy scouts. Por ahora somos los que limpian las letrinas.

Mientras camino por los pasillos del insigne edificio me viene a la mente una imagen familiar: Las cuadrillas en el puente sobre el Ebro, durante la época de vendimia, esperando a que una furgoneta pare y el conductor señale a tres o cuatro afortunados que podrán cortar uva ese día. La inmigración es un duro ejercicio. Salimos de casa pensando en abrir una cuenta en Suiza  y acabamos vaciando ceniceros, porque, de tan feos, no podemos ser bailarinas.

 

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